sábado, 26 de mayo de 2012

La cena en la Historia del Arte I


 
 
 

La cena. Alejandra Caballero (s. XXI. España)



En este cuadro (2009) reconocemos una cocina alargada de cualquier piso moderno que termina en una puerta acristalada de salida a una terraza. Otros enseres comunes nos confirman el espacio: una encimera con su vitrocerámica… pero, incomprensiblemente, la cocina carece de frigorífico y, sin embargo, sí posee una campana extractora de humos. La razón es que la luz que puede emitir este aparato le sirve a la pintora para crear una iluminación cenital como un foco en el lado izquierdo del cuadro, desde donde redireccionar una luz indirecta e intima que necesita la ambientación del resto de la escena. Algo parecido ocurre con el fregadero que con su hueco geométrico y con sus brillos metálicos contribuye a compensar rítmicamente la mancha rectangular de la placa vitrocerámica, pero… sorprendentemente ese fregadero no tiene grifos.
La cocina está impoluta y sin un solo objeto decorativo ni cacharro, sólo un trapo de cocina ¿olvidado? No, se trata de introducir el objeto casual en un mundo tan ordenado y pulcro, algo que haga humano a ese espacio. Es tan aséptico, un hogar limpio de paredes blancas, una casa recién estrenada que espera ser rellenada de recuerdos.
El ámbito impersonal descrito contrasta con la humanidad del otro foco de luz. Una lamparilla ilumina a un niño que toma la cena. Viste un sufrido babi azul con el que proteger la ropa de las manchas, lo que hace más real el momento familiar. Su madre le vigila amorosamente, pero esta escena queda abierta a la interpretación de cada cual. La madre contempla a su hijo con arrobo y seguramente escucha sus historias infantiles. ¿Pero en qué o en quién esta pensando ella? Su postura parece revivir con nostalgia el pasado… Tal vez el de otro momento parecido que vivió en su infancia junto a su madre o tal vez en su mente esté la pareja ausente que se pierde tan grato instante de paz familiar… Cada uno es libre de continuar la escena.
A través de la ventana vemos las luces de la noche de cualquier ciudad.
Pequeños instantes. La vida pasa tranquila.

 

Blog de Alejandra Caballero




La cena (llamada también La Tabla) (1971-1980).
Antonio López. (s. XXI. Realismo Mágico. España) Colección de Carmen López

 
 
Antonio López busca entre la realidad que le rodea aquellos aspectos susceptibles de ser retratados en su obra, y lo hace con una elaboración lenta y meditada, buscando captar la esencia del objeto o del interior en este caso.
A partir de la década de 1960, su lenguaje se aleja progresivamente de lo mágico para centrarse en una objetividad cada vez más pura.  La Cena nos habla de un momento íntimo cotidiano, en el que una madre y su hija se encuentran cenando en la mesa, aparentemente sin tener una fluída comunicación verbal.

La plasmación del instante, la sensación de una superficie pictórica inacabada, y la inexistencia de un trazo firme aunque visualmente se encuentra definido, son características propias en algunas de sus obras, como es el caso de La cena.

El juego de sombras enriquece absolutamente la obra, que junto con esa sensación de lo inacabado, crea en el espectador un impulso visual que le lleva a terminar o acabar el trazo de la línea indefinida visualmente.


Un artículo imprescindible para comprender el cuadro.

Nadie mejor que el propio pintor para explicar su obra:


Decía Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, que este cuadro, "La cena", "tiene un aire casi eucarístico, sacramental. Están comiendo cosas muy normales, muy corrientes, con una vajilla muy corriente. Una cena muy sencilla, a la luz de una bombilla. La cena de una familia de los años 60, de una España en desarrollo pero, que tiene la solemnidad de un sacramento."

Realmente el cuadro tiene algo de solemnidad, no sé si sacramental, y también mucho de misterio y hasta casi diría, de terror. Siempre que he contemplado este cuadro no he podido evitar una especie de escalofrío al observar a esa madre monstruosa, hidrocefálica, con la mirada perdida en una mesa repleta de viandas mientras la niña, su hija, contempla con cara de desolación al espectador, todo ello en esa habitación solo iluminada por la luz cenital de la bombilla que cuelga del techo y por la claridad que penetra a través de la puerta semientornada que se divisa al fondo de la estancia.

Hace ya mucho tiempo conocí la historia del cuadro y me enteré de que el pintor manchego no había querido pintar a la madre como un monstruo sino que, una vez pintada, no le gustó como encajaba en altura y fue rectificando y raspando sin borrar del todo la imagen anterior y pasaron los días, los meses y los años y esa mujer quedó así, en transición, en evolución y ahí sigue, inacabada, en un cuadro inacabado como mucha de la obra de Antonio López.

El pintor manchego confesó que trabajó en este cuadro desde 1971 a 1980, casi diez años pero, como él mismo opina acerca de su trabajo "Una obra nunca se acaba, sino que se llega al límite de las propias posibilidades". Aquí, tal vez pasó eso, el tiempo lo hizo inviable. El terrible escollo del tiempo siempre en contra de un genio empeñado en buscar la perfección y trasmitir al lienzo la realidad de lo que ve en ese mismo momento. Las modelos crecieron y ya, como él dice, se llegó al límite.

En "La cena", Antonio López retrató a su hija María y a su mujer, la también pintora María Moreno. Su propia hija ha contado las anécdotas que rodearon la ejecución de este cuadro tales como que posaron para él durante horas y horas y así a lo largo de semanas. Sesiones interminables en las él que llegaba a ponerles música y hablarlas para que no se durmieran. La mesa, contaba, estuvo sin tocar durante meses y el huevo duro y el "Danone" que aparecen en el cuadro terminarían, seguramente, teniendo vida propia. Esto último me recuerda a su cuadro "Nevera nueva", pintado unos años más tarde, en 1991, y en el que se puede ver un pollo en el estante superior de la misma y del que el propio Antonio López contaba que mantenía en el congelador sacándolo todos los días para pintar el cuadro. Tardó tres años en pintarlo.

La obra, óleo sobre tabla, guarda sus secretos o más bien, casi, sus bromas, como son los collages queAntonio López inserta en el cuadro. Así, el filete que aparece en el plato es una foto pegada al igual que la fruta. La silla y los cuadros del fondo tienen una textura en relieve conseguida también pegando trozos de fotos que luego recubriría con la pintura.

El cuadro es casi un bodegón alrededor del cual se encuentran dos mujeres y también un documento de los utensilios de la época y de algunos productos singulares de ella, como son ese "Danone" en su antiguo envase de cristal o esa botella de agua de Solares, artículos que nos retrotraen a tiempos pasados y a mesas compartidas.
 
Esta obra, pertenece a la colección particular de María López, la retratada en el cuadro e hija del pintor.

 



La gran cena española. Miquel Barceló (s. XXI. España)
 
 

 
La gran cena española(1985): cazuelas, arroz y azulejos en la cocina. Casi 30 años han pasado desde que Miquel Barceló pintó esta paella. Entonces, uno de los temas principales de la obra del artista mallorquín era el pintor dentro de su taller, a menudo convertido en cocina. Esta analogía entre pintura y cocina ha sido una constante en su trayectoria, cuya creación está salpicada de inquietud, adrenalina y provocación. “Un bote de pintura es como la comida cuando se cocina, como algo comestible”, explica Barceló. “Es una especie de alquimia, el juego donde algo se transforma en otra cosa que se puede comer”, añade.
Transformador y orgánico es el universo de Barceló. En Cadaverina (1976), una de sus exposiciones iniciales, el artista rellenó 225 cajas de madera con hígados, peces, corazones de animales para “observar el proceso de descomposición de la materia” durante 15 días. Su pintura titulada Calamar, pez y cebolla (1990) es la metáfora de la cebolla que hace llorar, la transformación de la materia en imagen y sentimiento, y “eso tiene mucho que ver con la comida, porque es en el sabor donde aparecen las sensaciones”, comenta. Cebollas, sartenes, erizos, brócoli o peces y panes, plasmados en cerámica, pintura, esculturas, acuarelas, dibujos, paredes, techos...
En la obra de este artista autodidacta no faltan referencias gastronómicas a su tierra. Amante y férreo apologista de Mallorca –fue el último en abandonar la isla de Sa Dragonera a finales de los 70 para evitar su urbanización–, Barceló defiende “las raíces”. Afincado en París, vive a caballo entre Mallorca, Malí y la capital francesa. Nunca falta sobrasada en su despensa, que utiliza como condimento. Incluso trae consigo los tomates de la isla.
Pintar como cocinar

“Me gusta mezclar cosas extrañas, como Ferran Adrià cuando combina tempranillo con ostras y agua de mar”, cuenta. “He estado bastantes veces en su restaurante. Es una gran experiencia”, añade. Como ocurre con el chef catalán, Barceló también fusiona elementos insólitos en su obra, practicando la nouvelle cuisine en su experimentación. “Pintar como cocinar; cocinar como pintar. Siempre me ha gustado esta idea”, señala aludiendo su pintura titulada Calabazas (1998), donde encontramos erizos mezclados con coliflores, además de otros alimentos, con una textura, color y vibración “que funcionan muy bien”. “Es como lo hace un cocinero cuando fusiona dos cosas extrañas que combinan muy bien”, añade.

En su taller parisino, Barceló elabora sus colores, que fabrica “mezclando y removiendo” los pigmentos, un gesto “evidente” en la cocina. Espátulas, rasquetas, mangas de pastelería, rodillos… Su estudio está repleto de utensilios de cocina reinventados en herramientas de artista, como platos de tapas donde dibuja acuarelas, un soplete de crema catalana para hacer el mango de las cerámicas o una manga pastelera para hacer goteo…
 
“Técnicamente, muchos utensilios de cocina son útiles para pintar. Incluso aquellos que ya no le sirven a nadie, siguen sirviendo en la pintura”. Rarezas que encuentra en el mercado central de París de Rungis, de viaje o sencillamente en cualquier tienda de cocina. “Son como la bodega del pintor”, concluye el artista. No es casualidad que uno de los platos que Miquel Barceló se aventure a cocinar de vez en cuando sea el arròs brut, elaborado con arroz, carne o pescado, verduras y especias. “No soy un gran cocinero, pero este plato sí que lo hago”, admite. Típico de Mallorca, los ingredientes varían en función de la temporada.

Otra de sus debilidades culinarias son las sopas mallorquinas, las lentejas y la fava parada (un plato muy suave a base de guisantes, habas, un poco de carne de cerdo y verdura). Los espárragos salvajes los recoge él mismo del campo. La quisquilla, la gamba pequeña cuyo exquisito sabor valdría la pena “inmortalizar”, también merece un espacio en su alacena de platos favoritos. ¿Serán estos los platos más fieles al art brut de Barceló?
 


Cena. Carlos Schwartz (s. XXI. España)


Vino con la cena (Alexis en Spannocchia) Stan Moeller (s. XXI. Estados Unidos)

 
  
La cena. Fernando Botero (s. XXI. Colombia)



Mujer y cena. Vincent Giarrano (s. XXI. Estados Unidos)

 


En la cena. Tatyana Deriy (s. XXI. Realismo estético.  Rusia)




Cena en el desierto iluminada por las jirafas ardiendo.
 Salvador Dalí (s. XX. Surrealismo. España)




“La diferencia entre los surrealistas y yo está en que yo soy un surrealista”

 (Salvador Dalí)
 

Se une definitivamente al Surrealismo en 1929, en París. 

Muchos autores coinciden en señalar que Dalí tenía un particular interés por las prácticas surrealistas mucho antes de unirse al movimiento. En 1922 ya había leído La Interpretación de los Sueños, de Freud y, al menos desde 1926, su pintura ya tenía incorporados materiales que provenían de sus propias experiencias oníricas.
Por su parte el Surrealismo surge a principios de los años veinte de un grupo de poetas, capitaneado por André Breton, fuertemente influenciados por las ideas freudianas. Los sueños y los deseos son el material favorito de los surrealistas, quienes además tenían ideas políticas sobre una sociedad nueva, como casi todos los movimientos de este tipo que florecieron en la década.
Una vez dentro del movimiento, Dalí se convirtió en el surrealista más radicalizado, intentando avanzar continuamente en los métodos, e incluso propuso objetivar y sistematizar el delirio, mediante su método "paranoico-crítico" que desarrollará en forma escrita durante la década del treinta. En síntesis lo que propone este método es una vía para que el artista sistematice y tome propiedad de sus propias obsesiones y deseos para organizarlos como material artístico.
 
La obra de Dalí está cargada de símbolos:
 
Las jirafas quemadas representan lo ilógico e irracional de la existencia humana. Todo resulta ilógico en esta cena. También se cree que pueden aludir al monstruo cósmico apocalíptico masculino.

El payaso no soy yo, sino esa sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta el papel de seria para disfrazar su locura.


Salvador Dalí





La cena del ciego. Pablo Picasso (s. XX. Época azul. España)
 
 
 
Como curiosidad, su nombre completo era Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso. Largo nombre el de Picasso, aunque siempre utilizó el apellido materno.
 
La época azul se desarrolla entre 1901 y 1904; su amigo, Carlos Casagemas, se suicidó el 17 de febrero de 1901, hecho que sumió a Picasso en una profunda tristeza y que puede explicar el inicio de esta etapa, cuya gama cromática preside el color azul. Nada se sabe con certeza; pudiera ser también que hubiera alguna relación con que la vista de su padre se deterioraba por aquella época o, bien, con algo mucho más sencillo como es el temor a quedarse ciego, algo terrible para un pintor y que, parece ser, obsesionaba a Picasso.

El tema de la ceguera aparece en este período azul más de una vez.
Se ha usado, a lo largo de la historia de la humanidad, como símbolo o metáfora con múltiples significados, entre los que encontramos el de un trasfondo religioso; la ceguera nos impide ver lo que nos rodea; la vista se convierte en un don sagrado. De todos los sentidos que goza el hombre, es el don más preciado. A mí personalmente me sugiere, más que la ceguera física, la ceguera del alma, la ceguera espiritual que nos impide ver "lo invisible", aquello que san Pablo nos recuerda:

No ponemos nuestros ojos en las cosas visibles sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. San Pablo, 2 Corintios 4:18 (BJ)

Picasso estiliza, espiritualiza la figura del ciego (nos recuerda a El Greco), nos pinta el cuerpo, y el alma...

Con estas consideraciones nos acercamos a la obra.
El ciego tiene el cuerpo enflaquecido, sus manos alargadas y su rostro anguloso, unidos a un lenguaje de ritmos manieristas, no hacen más que enfatizar su aspecto.
A falta de vista, Picasso encontró la manera de intensificar otros sentidos, como el tacto del ciego, que toma con sus manos estilizadas la comida y palpa la jarra con suavidad.
En este momento de su vida, quizás se identificaba con los desafortunados personajes que pintaba.
El color se reduce de forma drástica, y el azul acentúa el sentimiento de tristeza, pero no es una tristeza desgarradora, todo parece envolverse de suavidad,  de suave melancolía y de profundidad.

El azul es un color sedante, tranquiliza.
Una obra muy sugerente, de enorme sensibilidad, que admite  múltiples "lecturas" y sensaciones.


 
La cena. Pablo Picasso

La cena. Cundo Bermúdez (s. XX. Cuba)
 
 
La cena. Léon Bakst (S. XX. Rusia)


  
Cena de verduras. Peter Blume (s. XX. Realismo mágico. Estados Unidos)

 
 

La cena del venido a menos (arruinado). Vasili-Baksheyev (s. XX. Rusia)
 
 
La cena. José Gutiérrez Solana (s. XX. Expresionismo. España)

 
 
Kandinsky y Erma-Bossi después de la cena.
Gabriele-Münter (s. XX. Expresionismo. Alemania)



A la mesa de la cena. Edvard Münch (s. XX. Expresionismo. Noruega)

 
 

Interior después de la cena. 
Theodore Earl Butler (s. XIX-XX. Impresionismo Americano, yerno de Claude Monet)



 
La mesa de la cena (el postre). Henri Matisse (s. XX. Fauvismo. Francia)

 
 

Cena con dos lámparas. Édouard Vuillard

 
 
La familia después de la comida (La cena).
Édouard Vuillard (finales del s. XIX. Nabis. Francia)


  
Cena bajo la lámpara. Félix Valloton (finales del s. XIX. Nabis. Francia)

 
  
Antes de la cena. Pierre Bonnard (finales del s. XX. Nabis. Francia)





Hora de cenar. Jules Alexander Grün (s.XX. Postimpresionismo. Francia) 




El final de la cena. Jules Alexander Grün


 

Después de la cena. Pino Daeni (s. XXI. Técnica"Impresionismo". Italia)




Pintor "impresionista"por su técnica, nacido en Bari en 1939. Hacia 1960 ingresó en la Academia de Arte de Milán, donde pudo perfeccionar su creatividad a la hora de pintar desnudos.
En 1979, emigró a los Estados Unidos, patrocinado por la galeria Borghi. Trabajó largos años dedicándose a la ilustración en obras literarias, desplazándose con su habitual sistema de transporte... "una bicicleta".
Fue hacia 1993 cuando comenzó a ser conocido en importantes galerias. Sus mujeres son de una naturaleza impresionista altamente romántica, delicadas, con un gran colorido y contraste de claroscuros de inusitada belleza.

Muy influenciado por los prerrafaelistas.
En esta cena se aprecian estos delicados matices.

Dedicada especialmente esta obra al magnífico blog  Ars Vitae





Mesa de noche para la cena. John Singer Sargent (s. XIX. Impresionismo. EEUU, Norteamérica)





Bajo la lámpara. Marie Bracquemond (s. XIX. Impresionismo. Francia)


Cena en el baile. Edgar Degas (s. XIX. Impresionismo. Francia)


Interior después de la cena. Claude Monet

 
  

La cena. Claude Monet (s. XIX. Impresionismo. Francia)


Cena familiar. Astley David Middleton Cooper (s. XIX. Estados Unidos)


 


Libertad para vivir sin miseria o Acción de Gracias.
Norman Rockwell (s. XIX. Realismo. EEUU, Norteamérica).



Pintura basada en el discurso pronunciado por F. D. Roosevelt en el Congreso de los Estados Unidos el 6 de enero de 1941, alusivo a las cuatro libertades esenciales del género humano: libertad de expresión, libertad de culto, libertad para vivir sin miseria y libertad para temer.





El cuerno de la cena (Tocar la bocina en el Mar). Winslow Homer (s. XIX. Estados Unidos)


Una joven toca el cuerno para llamar a la cena a los hombres que trabajaban en el campo lejano.
A finales de la década de 1860, Homer vivió en las zonas rurales y costeras de América. Emplea una paleta brillante con libre pincelada y muestra su interés por los efectos fugaces de luz y atmósfera, envueltos en un delicado colorido.
La joven que llama a la cena aparece en varias otras obras, y se relaciona con uno de los motivos favoritos de Homer: la figura femenina solitaria, a menudo absorta en sus pensamientos o en el trabajo.
 
 

El invitado. La cena. Eugenio Zampighi  (s. XIX. Pintura de género. Italia)

 
 
La cena será servida con cierto retraso. Adolf Humborg  (s. XIX. Especialista en escenas de la vida monástica. Austria)

 
 
Preparando la cena.  J. D. Stevens (s. XIX. Época victoriana. Inglaterra)






Florencia da gracias a la hora de la cena. Charles West Cope (s. XIX. Época victoriana. Inglaterra)




Preparando la cena. Frederick Daniel Hardy (s. XIX.  Pintura de género, fue miembro de la Cranbrook Colony. Inglaterra) 



La hora de la cena. William  Henry Knight (s. XIX. Época victoriana. Inglaterra)
 
 
Luis XIV cenando con Molière. Jean Auguste Dominique Ingres (s. XVIII. Neoclasicismo. Francia)
 
 
Preparando la cena. David Emil Joseph de Noter (s. XIX. Bélgica)
 
 

La cena perdida. Adrien de Boucherville (s. XIX. Francia) 



 
En un espacio lujosamente proporcionado de estilo rococó una mesa ha sido puesta para la cena. La criada, que trae un plato de pollo y vegetales, acaba de resbalar en el suelo. La señora mira horrorizada, se levanta de su asiento para verla mejor mientras que Monsieur parece divertirse mucho.
Adrien de Boucherville es un pintor poco conocido. Su fecha de nacimiento no es segura: 1827 o 1845 según varias fuentes. Pintó escenas de género del siglo XVIII. Esta obra es de 1874  y, aunque pueda parecer banal a primera vista, una mirada más cercana revela algunos rasgos interesantes.
El artista decidió representar la escena en el momento mismo que la criada pierde el equilibrio. Su postura es físicamente imposible, sin ninguna estabilidad. El pollo está ya en el suelo, pero otros ingredientes del plato se encuentran en el borde de la bandeja. Los pintores del siglo XIX se esfuerzan por conseguir una pintura realista en movimiento.
Sin embargo todavía falta fluidez (la aparición de la nueva técnica fotográfica. cronofotografía, que permitía visualizar las diferentes fases del movimiento, parece que pudo ser también conocida por los pintores del siglo XIX).



La cena de san Benito. Fray Juan Andrés Rizzi (s. XVII. Barroco. Montecasino-Italia)

 
 
La cena. Hendrick Terbrugghen (s. XVII. Barroco. Holanda)




La cena con el juglar y su laúd. Gerard van Honthorst (s. XVII. Barroco. Flandes)
 
 
Familia flamenca cenando. Gillis van  Tilborgh (s. XVII. Barroco. Flandes)

 
Concierto después de la comida. Ambrosius Benson (s. XVI. Renacimiento. Nacido en Lombardía pero trabajó en Brujas desde 1518. Flandes)



No es una cena, pero sirve de contraste con las restantes épocas.


Comedor de monaguillos. Luca Signorelli o Luca da Signorell (s. XV. Quattrocento. Renacimiento. Escuela de Umbría. Italia, discípulo de Piero della Francesca).

 

Fresco del milagro de san Guido (detalle).
Jacopo da Bologna (s. XIV. Trecento. Escuela de Umbría)



Guido, compañero de San Francisco, nació en Cortona hacia el 1190, de la familia Vignotelli. Pasó su juventud adquiriendo una buena cultura que le permitió llegar a ser sacerdote, y dado a la oración, la mortificación y el trabajo en ayuda de los pobres.
 
En 1211 el Poverello de Asís fue huésped suyo. Comieron juntos y cuando tomaban el postre, le confió al Santo con gran sencillez su deseo de hacerse discípulo suyo. Preguntó qué debía hacer y la respuesta fue breve. Dar todo a los pobres, renunciando a todos los bienes terrenos. Guido no perdió tiempo. Siguió con tanta rapidez el consejo del Pobrecillo, que al otro día, arreglados todos sus asuntos, pudo recibir el hábito y ceñir la cuerda de la penitencia franciscana.
La devoción popular le atribuye clamorosos milagros, como el del agua convertida en vino, que puede aludir al milagro representado en este fresco.


 

Familia a la mesa de la cena. Cornelis de Man (s. XVII. Barroco. Holanda)