lunes, 23 de julio de 2012

Mirando hacia lo Alto

 



“Señor, que yo piense lo que tu quieres que piense; que yo quiera lo que tu quieres que quiera; que yo hable lo que tu quieres que hable; que yo obre como tu quieres que obre. Esta es mi única aspiración”
(San Pedro Poveda)



Se han cumplido ya los cien años de cuando el joven sacerdote Pedro Poveda comenzaba su acción evangelizadora en las cuevas de Guadix. Entonces, “lo primero que hicimos fue instalar el Santísimo Sacramento en nuestra ermita”, según escribía en 1904, porque “el fundamento de todo progreso moral y material es Jesucristo". Y después, en cabal coherencia con la vocación recibida ante la Virgen de Gracia de aquella Ermita Nueva, afirmaba con vigor a los miembros de la Institución Teresiana fundada por él:             

“Nadie, por mas autoridad que tenga, por más ilustrado que sea, por más virtud de que esté adornado, nadie puede ni podrá jamás poner otro cimiento que el puesto desde el principio, que es Cristo. Esta es nuestra Obra, esta es la doctrina que hemos profesado, y bajo ningún pretexto debemos admitir elementos humanos en lo que en Cristo, por Cristo y para Cristo se fundó” [...]

Este hombre bueno, este fundador, este pedagogo y humanista, dejó muy claramente escrito a su fundación en 1929 en qué consiste la mayor bondad, la mejor pedagogía y el más pleno humanismo:

             “Porque tengo el convencimiento de que todo es obra de Dios y de que el camino que Dios traza a la Institución es este, quisiera inculcar de tal modo estas verdades en el ánimo [de los miembros de esta Obra] que ni ahora ni nunca se les ocurriera pensar en la práctica de medios humanos, ni desear otros que la oración y la mortificación, ni poner su confianza en nada humano, sino en la misericordia del Señor.
Quizá se me diga: ¿pero a qué viene esto? Responderé que si al presente no se os ocurre pensar de manera distinta, podría acontecer que, pasando el tiempo, os olvidarais de estas verdades y llegarais a pensar que es cosa humana lo que es obra de Dios”.


A los sacerdotes, a quienes, como él, han sido llamados a una particular configuración con Jesucristo, el único mediador, San Pedro Poveda continúa ofreciéndoles el testimonio de su propia actitud, expresada en un apunte personal de 1933:

            “Señor, que yo piense lo que tu quieres que piense; que yo quiera lo que tu quieres que quiera; que yo hable lo que tu quieres que hable; que yo obre como tu quieres que obre. Esta es mi única aspiración” [...]
 

San Pedro Poveda, educador convencido y eficaz, con un tino muy certero para orientar, prudentemente audaz, amable y cercano, confió siempre en los jóvenes. 
           
            “¿Quiénes son los más valientes, intrépidos, temerarios, arriesgados? Los jóvenes. ¿Quiénes son los que tienen ideales, los que se olvidan de sí? Los jóvenes. Me preguntaréis ahora qué podéis hacer. ¡Oh juventud, arma poderosa, brazo casi omnipotente, fuerza del mundo! Sea vuestra primera meditación ésta. Somos jóvenes: todo lo podemos. Somos de Dios: todo lo bueno podemos”.


Escribía estas palabras en 1933, casi al final de su vida, sintetizando toda una trayectoria en la que la juventud había ocupado siempre su afecto y actividad.

                     “Creer bien y enmudecer no es posible. Creí, por esto hablé. Es decir, mi creencia, mi fe no es vacilante, es firme, inquebrantable, y por eso hablo. Los que pretenden armonizar el silencio reprobable con la fe sincera pretenden un imposible”, advertía en 1920 a todos los que se consideraban seguidores de Cristo Jesús. Y añadía: “Los verdaderos creyentes hablan para confesar la verdad que profesan, cuando deben, como deben, ante quienes deben y para decir lo que deben”. De este modo:

                       “Seriamente, sin provocacio­nes, pero sin cobardías; sin petulancias, pero sin pusilanimidad; con caridad, pero sin adulacio­nes; con respeto, pero sin timidez; sin ira, pero con dignidad; sin terquedad, pero con firmeza; con valor, pero sin ser temerarios”. 

Podía expresarse así porque ésta había sido, y estaba siendo, su propia experiencia personal. Se refería a una manifestación de la propia fe que en muchas ocasiones deberá ser con palabras y hechos, y siempre, como el sarmiento que está unido a la vid, dejando brotar la vida que circula en su interior. Como aseguraba en 1925:

                        “Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquello que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado, a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia”. 

 Lo mismo podría decirnos a los cristianos de hoy.



SAN PEDRO POVEDA CASTROVERDE. Signo para la Iglesia y el mundo de hoy
María Encarnación González Rodríguez
Directora de la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española






viernes, 20 de julio de 2012

Goethe y el joven Werther




Goethe en la campiña romana. Johann Heinrich Wilhelm Tischbein 


Johann Wolfgang Goethe, poeta, novelista, dramaturgo, pintor y científico, nació en el seno de la familia formada por Johann Casper Goethe y Catharina Elisabeth Textor, hija del alcalde de Frankfurt. Johann estudió desde muy joven gran diversidad de materias, pero especialmente lenguas (latín, griego, inglés y francés), pero su gran pasión juvenil fue el dibujo. Pronto se interesó por la literatura, siendo Friedrich Gottlieb Klopstock y Homero sus primeras influencias.

El joven Goethe se trasladó a Leipzig en 1765 para estudiar Derecho. Pero aprender de memoria leyes y más leyes no era del gusto de Johann, quien prefería asistir a las lecciones de poesía de Christian Fürchtegott Gellert. Debido a su falta de interés por sus estudios, Goethe es forzado por su familia a volver a Frankfurt en 1768. De vuelta en casa las relaciones con su padre empeoraron tanto que en 1770 fue enviado a finalizar sus estudios en Straßburg. En la ciudad alsaciana Goethe conoció a Johann Gottfried Herder, quien fue crucial en el desarrollo intelectual del joven Johann. Herder sembró en Goethe el interés por Shakespeare y Ossian, y Johann empieza a producir bellísimos poemas.

Termina sus estudios brillantemente a pesar de todo y el gobierno francés, por entonces en posesión de la capital germana de la Alsacia, le ofrece un puesto que Goethe rechaza.
De vuelta en Frankfurt comenzó a trabajar como abogado, pero su estilo vehemente y sus ideas de renovación le proporcionaron prontos y sonados fracasos. Retoma su labor literaria, esta vez ya con el apoyo resignado de su padre; en 1774 colabora con Herder en la publicación del manifiesto considerado como el nacimiento del romanticismo en Alemania, Sturm und Drang y termina la novela Die Leiden des jungen Werther (Las desventuras del joven Werther). Esta novela  mostró de manera descarnada el desencanto de la juventud alemana.
En 1775 acepta la invitación del Carlos Augusto de Weimar para que se traslade a su corte. Goethe fijaría en Weimar ya definitivamente su residencia, donde desarrolló el resto de su fecunda obra hasta su muerte.




La residencia de Goethe, en Weimar, y la cocina de su casa natal en Frankfurt.


Goethe fue amante de la buena mesa y muy amigo del cocinero más importante de la época, Antonin Carème, el rey de los cocineros.

Es sabido que amó la comida casera de Turingia y las verduras frescas de la zona, tales como espárragos, acelga, espinaca y calabaza. Ocupaba a varias cocineras de las inmediaciones que hacían traer la verdura recién cosechada de sus huertas para elaborar las exquisiteces de la región.





Pero, sobre todo, fue el vino una de sus grandes pasiones, junto a la propia escritura y el baile:
 “El vino alegra el corazón del hombre y la alegría es la madre de todas las virtudes“.


Al vino dedicó el poema Ergo Bibamus:


Unidos aquí estamos para una acción laudable;
por tanto, hermanos míos, arriba. Ergo bibamus!
Resuenen nuestros vasos y callen nuestras lenguas;
levantar vuestras almas muy bien. Ergo bibamus!

He aquí una sentencia tan vieja como sabia;
conserva su vigencia hoy lo mismo que antaño,
y un eco nos aporta de espléndidos festines,
esta jovial y grata consigna: Ergo bibamus!

Hoy he visto a mi dulce amada placentera;
al punto fui y me dije: "Bueno está. Ergo bibamus!"
Me acerqué sin recelo y ella me acogió bien.
Y entonces repetí mi alegre Ergo bibamus!

Mas lo mismo si os mima y os acaricia y besa,
que si nos niega adusta su corazón y brazos,
¿qué recurso nos queda, mientras no nos sonríe,
que de nuevo apelar al viejo Ergo bibamus!

De los amigos lejos cruel destino me lleva.
¡Oh fieles camaradas! ¿Qué hacer? Ergo bibamus!
Ya me marcho cargado con liviano bagaje;
quiere decir se impone un doble Ergo bibamus!

Y aunque a veces el cuerpo la carcoma nos roa,
nunca de la alegría vacío el tesoro hallamos;
que el alegre al alegre suele prestar rumboso,
así que, hermanos mios, ¡venga un Ergo bibamus!

Ahora bien: ¿qué debemos cantar en este día?
¡Yo tan sólo pensaba cantar Ergo bibamus!
Pero recuero ahora su especial importancia;
así que alzar las voces. De nuevo Ergo bibamus!

Este día se nos mete la dicha por la puerta;
resplandecen las nubes, tiembla el trigo dorado;
y una imagen divina brilla ante nuestros ojos;
así que alegremente cantad Ergo bibamus!


 




Las desventuras del joven Werther, novela semiautobiográfica, hizo que Goethe se convirtiera en una de las primeras celebridades literarias.

Se presenta como una colección de cartas escritas por Werther, un joven artista de temperamento sensible y apasionado, y dirigidas a su amigo Wilhelm. En estas cartas, Werther revela datos íntimos de su estancia en el pueblo ficticio de Wahlheim (basado en la ciudad de Garbenheim), donde queda encantado por las tradiciones simples de los campesinos y saboreando los alimentos que ellos mismos han plantado.
Un bello fragmento alusivo a los placeres de los sabores naturales... 


21 de junio


Mis días son tan felices como los que Dios reserva y hace gozar a los elegidos; pase lo que pase, en adelante no podré decir que no he conocido el gozo y la alegría; el gozo y la alegría más puros de esta vida. Tú conoces mi Wahlheim; en él me he instalado en definitiva. Desde aquí sólo tengo que caminar media legua para ir a casa de Carlota, en la cual gozo de mí mismo; disfruto de toda la felicidad que puede gozar el hombre. ¿Cómo hubiera podido imaginar, cuando escogí Wahlheim para mis paseos, que se hallaba tan cerca del paraíso? ¡Cuántas veces al vagar sin objeto por esos lugares, bien fuera por la cumbre de la montaña o por la llanura, o más bien, más allá del río, he dirigido la mirada a ese pabellón que encierra hoy el objeto de todos mis deseos. 

Mil veces he reflexionado, querido Guillermo, sobre ese deseo natural que tiene el hombre de ampliarse, de hacer descubrimientos, de abarcar y dominar todo lo que le rodea; y después, por otro lado, sobre ese segundo pensamiento interior que le asalta, de enterrarse a voluntad en ciertos límites, de no salir del surco trazado por la costumbre, sin ocuparse de lo que sucede y pasa a diestra y siniestra [...]




Guisantes. Emili Godes



Con mucha frecuencia, al despuntar el alba, salgo corriendo y voy a mi querido Wahlheim; voy a buscar yo mismo mis guisantes al huerto de mi huéspeda y me distraigo en mondarlos mientras leo a Homero; después me voy a la cocina a elegir una vasija, a cortar mi manteca y poner los guisantes en la lumbre; me siento al pie del hogar y los meneo de vez en vez. En esos momentos me represento a los fieros amantes de Penélope, degollando, despedazando y haciendo asar los bueyes y los cerdos. No hay nada en el mundo que me dé más placer que el considerar estos rasgos característicos de la vida, patriarcal, con los que gracias al cielo puedo sin daño entrelazar el tejido de mi vida.


Edward Weston. Hoja de repollo


¡Qué dichoso me siento de poder sentir la inocente y sencilla felicidad del hombre que ve sobre su mesa figurar la berza que él ha plantado! No disfruta sólo el placer de saborearla, sino del recuerdo de la hermosa mañana en que la plantó, de las apacibles tardes en que la regó y del gusto que le traía verla crecer y redondearse cada día. Todos estos placeres y fruiciones las saborea él en aquel solo momento.

 
En Goethe se inspiró Tchaikovsky para componer este lied , una de sus más conocidas canciones. Se basa en el poema original  titulado Nur wer die Sehnsucht kennt  (Sólo tú que sabes lo que es la añoranza), al que han puesto música muchos compositores, desde Beethoven y Schubert en adelante.

Sehnsucht es un concepto similar a la saudade portuguesa y suele traducirse por nostalgia o anhelo. Es una idea muy recurrente en el romanticismo alemán, quizá por eso es irresistible para los compositores de aquella época. Bellísimo.





¡Sólo el que ha conocido la nostalgia
sabe lo que yo sufro!
Sólo y alejado de toda alegría,
miro el vacío del firmamento.

Quien me ama y me conoce está lejos.
Siento vértigo, me queman las entrañas.
¡Sólo aquél que conoce la nostalgia
sabe lo que yo sufro!







jueves, 19 de julio de 2012

Humor gastronómico

 
 




 
 
Imagen. Jean-François De Witte





 

 






martes, 17 de julio de 2012

viernes, 13 de julio de 2012

Una curiosa conversión






Para el hombre humilde, y sólo para el hombre humilde, el sol es realmente un sol; para el hombre humilde, y sólo para el hombre humilde, el mar es realmente un mar.
G. K. Chesterton. Herejes


Se están celebrando los 75 años de la muerte del escritor británico Gilbert K. Chesterton, llamado "el escritor de la esperanza", que se convirtió al cristianismo.
Con la lectura de sus libros, alguien ha afirmado: "siempre pasa alguna cosa buena cuando se empieza a leer". En 1922 se convirtió al catolicismo y, un año después, escribió la biografía de san Francisco de Asís. "La vida de un santo -afirmó- puede ser más interesante que una novela".
Su conversión, como su vida, presenta aspectos de extraña curiosidad.

Sentado ante la lumbre del llar de una humilde rectoría en Beaconsfield (Inglaterra), estaba el rector P. O'Connor. Ruge el vendaval, y la tempestad desata su fiereza contra los cristales de la ventana.
Oyendo que llamaban en la puerta, se levantó, admirado de que alguien se hubiera aventurado a llegarse a su morada en noche tan procelosa. Abrió la puerta.
Un hombre alto y fornido, con una gran bufanda alrededor de su cuello y sombrero en la cabeza, se hallaba fuera.

- Entre usted, señor- dijo el P. O'Connor-. ¿En qué puedo servirle?
-Usted puede hacerme el más grande favor que un hombre pueda hacer a otro -replicó el visitante.
-¿Qué desea, señor?
-¿No es usted un sacerdote católico?
-Sí
-Entonces usted posee el depósito de la verdad divina. Deme a mí esta verdad, toda.
En ese momento, el P. O'Connor conoció que el que había acudido a su casa, no era otro que el escritor aquel cuya fama era conocida en la sobrefaz de todo el mundo de habla inglesa. 
- ¿No es usted Mr. G. K. Chesterton? -preguntó el P. O'Connor-.
-Sí.
-Entonces le recomiendo que usted vaya a ponerse al habla con algunos de los catedráticos ilustres de la iglesia de Oxford, no muy lejos de aquí. Allí se hallan el P. Ronald Knox, hijo de un obispo anglicano... y el P. Martín D'Arcy, S. I., profesor de Oxford ...
- Comprendo -replicó Chesterton-; iré a entablar conversación con alguno de ellos, si usted insiste. Pero,  ¿no posee usted las mismas verdades?  ¿No es eso?
- Sí, replicó despacio el sacerdote-. En la Iglesia Católica, la doctrina es la misma en todas partes.
-Entonces, ¿por qué no puede usted instruirme?
Su timidez había desaparecido, empezó a darse cuenta de la humildad del hombre que tenía delante.
-Puedo -replicó- y quiero. ¿Cuándo quiere que empecemos?
-Bien, recuerdo que Cristo dijo: "Si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entrareis en el reino de los cielos". ¿Por dónde se empieza con un niño?
-Por el catecismo de diez céntimos.
-Bien, está bien. Empecemos por la primera pregunta.
Y así lo hicieron.

Algunos meses después, en la humilde capilla de Beaconsfiel, el P. O'Connor recibió al conocido escritor en la Iglesia Católica.
Poco después, Chesterton correspondía al favor recibido inmortalizando al humilde párroco de aquella villa como al P. Brown de sus famosas novelas detectivescas.

Testimonio. G. T. Chesterton. Una curiosa conversión.
 Revista El Santo, mayo 2012.


"La única educación eterna es ésta: estar lo bastante seguro de una cosa, para atreverse a decírsela a un niño."

G. K. Chesterton




miércoles, 11 de julio de 2012

Ojos claros, serenos








Madrigal

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.




Gutierre de Cetina (Sevilla, 1520 - México, 1557), poeta español del Renacimiento y del Siglo de Oro español. Compuso, entre otros poemas, un cancionero petrarquista a una hermosa mujer llamada Laura Gonzaga. A tal dama está dedicado este famoso madrigal que ha pasado a todas las antologías de la poesía en castellano.
Me parece bellísimo; recuerdo muy bien cuando lo descubrí en mi libro de literatura; mi profesora se llamaba Laura, siempre doña Laura: "...señoritas -nos decía- atentas a este poema...".
Una profesora excelente.

Esta semana he leído un artículo de Juan Manuel de Prada, dedicado a su profesora de gimnasia (Elvira), muy entrañable.


Hace años que guardo una viñeta de Antonio Mingote, XL Semanal (Número: 984. Del 3 al 9 de septiembre de 2006), me hizo tanta gracia que aún la conservo.










sábado, 7 de julio de 2012

El amor de Mahler






No me había dado cuenta de que hoy es el Aniversario de Gustav Mahler, hasta que me lo han recordado, y no quiero que pase sin rendirle un pequeño homenaje.
Este vídeo me encanta, a parte de la dirección de Valery Gergiev (ver a Bernstein es también una delicia) y de la Orquesta Mundial por la Paz, porque el arpa aparece varias veces en las imágenes, algo que no siempre sucede. El sonido del arpa, tan "humilde", en medio de tantos instrumentos de cuerda, siempre me fascina. 
 
Mahler compuso música de cámara, obras corales, ciclos de canciones, sinfonías...para muchos es en las sinfonías donde alcanzó su máxima grandeza como compositor.
El Adagietto para arpa y cuerdas de la 5ª Sinfonía es el cuarto movimiento de los cinco que forman esta obra, compuesto entre 1901 y 1902, y en unas circunstancias personales muy especiales (Mahler acababa de conocer a Alma, y su inspiración es muy evidente); para algunos esta sinfonía y en concreto el Adagietto, fue como un "regalo de boda" de Gustav hacia Alma; como un tema que retrata musicalmente a su esposa.

A muy pocos músicos les ha pasado lo que a Gustav Mahler: el éxito y el conocimiento de sus obras le llegó casi un siglo después de su muerte. Mahler, nacido el 7 de julio 1860 y muerto en 1911, siempre supo que su tiempo aún no había llegado (el mismo manifestó que su música no sería apreciada hasta cincuenta años después de su muerte); durante muchos años fue un compositor apenas interpretado, y su obra tuvo que esperar hasta el centenario de su nacimiento para que esta tendencia empezase a cambiar.
Ahora es unánimemente considerado uno de los mayores creadores musicales del siglo XX.

Convertido al catolicismo (era judío), fue nombrado director de orquesta de la ópera de Viena.
Ya siendo un director consolidado en Viena, a los 41 años conoció a  la que fue el gran amor de su vida: la pianista Alma Schindler, de 20 años.
El se enamoró inmediatamente y tras tres meses de compromiso, se casaron en 1902.
Fueron  felices los primeros años de su matrimonio y tuvieron dos hijas: María y Anna.

 Mahler aseguraba amar profundamente a su esposa, pero su amor incluyó ciertos términos impuestos antes de contraer matrimonio, tales como la exigencia de que Alma renunciara a sus aspiraciones musicales  para que él pudiera dedicarse exclusivamente a dirigir y componer (dos músicos no tenían cabida en su hogar, según el músico) mientras ella atendía a su familia, supervisaba las finanzas y ejercía como copista de las partituras y lectora de las pruebas de las obras de su marido. Si bien en principio Alma asumió esta imposición, con el tiempo se sintió prisionera en medio de una vida que siempre giraba alrededor de la genialidad de su famoso esposo, sumida cada vez mas en el tedio de una resignación forzada (Qué duro es ser tan despiadadamente privada de [...] lo más cercano al corazón, escribía en su diario íntimo).
 
 A los cinco años del matrimonio, en 1907, su hija mayor, María, murió de escarlatina complicada con difteria, hecho que sumió a toda la familia en una crisis que se agravó cuando, al poco tiempo, al mismo Mahler le fue diagnosticada una severa dolencia cardíaca que lo cambió para siempre.
Su vida dio un giro radical: acostumbrado a trabajar incansablemente, sus médicos le recomendaron bajar drásticamente su nivel de actividad. La familia tenía una casa en el sur de Austria, en Maiernigg, rodeada de montañas y lagos, donde pasaban los veranos y donde Mahler, gran amante del montañismo, buceo y escalada, se relajaba, inspiraba, aislaba y podía componer con toda tranquilidad. En el verano de 1907, agobiado y deprimido, cerró su casa en Maiernigg, a la que nunca regresó.

Su actividad no cesó, aunque para Alma su enfermedad marcó el "principio del fin".

En el verano de 1910 se produjo una crisis en el matrimonio, que venía gestándose desde hacia tiempo: Mahler cada vez más enfermo y más deprimido, y Alma, triste y desanimada.
(Sobre las enfermedades de Mahler, el magnífico estudio en el blog Tiempo para la memoria).

Mahler la envía a descansar a un balneario, en Tobelbad, cerca de Graz (Austria), donde conoció al joven arquitecto Walter Gropius, con quien mantuvo una relación de la que nunca quiso hablar claramente, pues ocurrió mientras su marido más la necesitaba.
Aunque ella permaneció a su lado hasta el final, la relación con Gropius continuó de forma clandestina  (Mahler súbitamente comenzó a interesarse por sus obras, era una prometedora compositora de lied, pero fue demasiado tarde para Alma).

En septiembre de 1910, estrena su Octava Sinfonía, dedicada también a su esposa y compuesta cuatro años antes en Maiernigg, durante el verano de 1906. Fue la última obra que Mahler estrenó en vida y contó con un gran éxito de crítica y público cuando la dirigió en el estreno absoluto en Múnich, el 12 de septiembre de 1910. Según sus biógrafos fue su mayor éxito en vida. 
A la salida del evento su alegría se vio ensombrecida cuando descubrió una carta enviada por Gropius a Alma, y se dio cuenta de la relación entre ambos.
Mahler se hundió y éste parece ser el motivo que le llevó a una consulta con Sigmund Freud (después de la entrevista, parece que Mahler mejoró, y el matrimonio retomó su relación).
Sus enfermedades se agravan.

Cuando supo que se moría, indicó a Alma que quería una tumba sencilla en la que sólo apareciera su nombre, sin más:

"Los que vengan a verme, sabrán que estoy allí. Los demás no tienen por qué saberlo."


Murió en mayo de 1911. Está enterrado en Viena, la ciudad que fue testigo de sus más grandes éxitos.

En el blog Ars Vitae más sobre Mahler. Muy interesante. 
Gracias Ars, por recordármelo.
Para mi hija, en un día muy especial.


martes, 3 de julio de 2012

Es el amor...





Siempre parece que es la primera vez que lo escucho...

Pero prendió el azar
semáforos carmín,
detuvo el autobús
y el aguacero hasta
que me miraste tú.

Tanto tiempo esperándote...


para acompañarlo, estos hermosos poemas...
es el amor...


Si me quieres, quiéreme entera

 
Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra...
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca, Y gris, verde, y rubia,
y morena...
Quiéreme día,
quiéreme noche...
¡Y madrugada en la ventana abierta!...

Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda... O no me quieras!

Nunca terminaré de amarte

Y de lo que me alegro,
es de que esta labor tan empezada,
este trajín humano de quererte,
no lo voy a acabar en esta vida;
nunca terminaré de amarte.
Guardo para el final las dos puntadas,,
te-quiero, he de coser cuando me muera,
e iré donde me lleven tan tranquila,
me sentaré a la sombra con tus manos,
y seguiré bordándote lo mismo.
El asombro de Dios seré, su orgullo,
de verme tan constante en mi trabajo.


Te esperaré apoyada

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Sólo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.



No me culpes

No me culpes:
vi luz en tu alma y entré...
Es cierto,
no toqué timbre.
no golpeé.
Supuse que esperabas mi llegada.
Lo siento.
Si prejuzgué,
fue sin mala intención,
debes creerlo,
Como sea, estoy aquí:
prepárate.

Raquel Garzón




Os dejo el mismo tema porque me encanta el juego de imágenes que aparece en este vídeo