jueves, 23 de febrero de 2012

Cocina en soledad: "Cien años de soledad" , Gabriel García Márquez








El amor es tan importante como la comida. Pero no alimenta.

(Gabriel García Márquez)



Gabriel García Márquez nace el 6 de marzo de 1928 en un pequeño pueblo de la costa atlántica de Colombia, llamado Aracataca.

Después de varias obras en  distintos periódicos donde trabajó, publica su primera novela: “La hojarasca”, en 1955. A ésta le sigue un libro de cuentos, “Los funerales de la Mamá Grande”, en 1961. Pero su consagración literaria se produce con "Cien Años de Soledad", obra con la que se le concede el Premio Nobel, en 1982.
A partir de 1960 acontece en las letras hispánicas un fenómeno inusitado, como es la aparición de un numeroso grupo de novelistas jóvenes. 

Este "boom" es conocido como  Nueva Literatura Latinoamericana.
Una de sus características más importantes es la de concebir la novela como ficción total; se produce una ruptura con la realidad circunstancial, y  los nuevos escritores emprenden su camino hacia la imaginación creadora, hacia el Realismo Mágico, ofreciendo todo un mosaico de  lugares, nombres y personajes.








Un ejemplo de todas estas consideraciones es, precisamente, "Cien Años de Soledad".


La historia que  lleva a García Márquez a escribir esta novela, comienza a principios de marzo de 1952, cuando viaja con su madre a Aracataca, su pueblo natal, para vender el caserón de los abuelos. Fue quizá frente a las ruinas de aquella casa grande muy triste, donde había vivido los primeros años de su vida con una hermana que comía tierra, una abuela que adivinaba el porvenir y un abuelo atormentado por la sombra de un hombre al que había tenido que matar en un duelo, fue allí donde sintió, quizás por primera vez, la necesidad de dejar constancia poética del mundo de su infancia.
Desde aquel día, Macondo y las estirpes condenadas a cien años de soledad, comenzaron a tomar cuerpo en su mente. La sombra de su abuelo materno, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, la figura más importante de su vida (hasta el punto de que, tras su muerte, sentía que nada importante le había sucedido) le iba suministrando los materiales con los que iba a construir aquel mágico mundo.



Cien años de soledad. Aguafuerte Pedro Villalba


Como el propio novelista explica:


“Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en un casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia”.


La “revelación”, la técnica para escribir Cien años de soledad, surgió un día de enero de 1965, mientras conducía su Opel por la carretera de México a Acapulco. Inesperadamente para el coche y le dice a Mercedes, su mujer: “¡Encontré el tono! ¡Voy a narrar la historia con la misma cara de palo con que mi abuela me contaba sus historias fantásticas".
García Márquez decide encerrarse a escribir su novela de Macondo y los Buendía. Logra reunir cinco mil dólares (los ahorros de la familia, las ayudas de sus amigos, especialmente de Álvaro Mutis) y le dice a Mercedes que, mientras tarde en escribirla, se ocupe de todo y no lo moleste bajo ningún concepto. Cuando, después de 18 meses de duro trabajo, concluye Cien años de soledad, Mercedes le espera con una deuda doméstica que sobrepasa los 10.000 dólares. Para enviar el manuscrito de la novela a Buenos Aires, concretamente a la Editorial Sudamericana de Francisco Porrúa, deben empeñar los tres últimos objetos de un cierto valor que les quedan: una batidora, un secador de pelo y la estufa. 
Cien años de soledad aparece en junio de 1967. El éxito es fulminante: en pocos días se agota la primera edición y en tres años se venden más de medio millón de ejemplares.






El argumento:


"Cien años de soledad" narra en tono épico las vivencias de la familia Buendía en el poblado de Macondo, fundado por José Arcadio Buendía y su esposa Úrsula. La historia está profundamente arraigada en la cultura popular.

 El origen de esta estirpe de los Buendía es como sigue:
Dos familias, la de los Buendía y los Iguarán, terminan por dar a luz a un muchacho con cola de iguana, como consecuencia de casarse entre ellos. Úrsula Iguarán, recién casada con José Arcadio Buendía, se niega a que el matrimonio se consume por temor a que también les nazca un hijo con cola. Ello da pie a que Prudencio Aguilar repruebe a José Arcadio su poco valor. José Arcadio acaba matándole por su provocación, pero el muerto se le aparece constantemente.
Huyendo del fantasma del muerto y al frente de un grupo de compañeros, José Arcadio llega a una aldea de apenas "veinte casas de barro y cañabrava construida a la orilla de un río" y se queda a vivir en ella. Esta aldea se llama Macondo. El único contacto que sus habitantes tienen con el exterior, lo constituyen las periódicas visitas de unos gitanos guiados por Melquíades que, además de conocer el sánscrito, introduce en Macondo el hielo y el imán.
La novela se inicia precisamente (como señalan los pergaminos de Melquíades) cuando:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”


¿Dónde se encuentra Macondo?



El mundo caribeño, desmesurado y fantasmal de Aracataca, se transformará en Macondo que, en realidad, era el nombre de una de las muchas fincas bananeras del lugar y que, según unos, alude “a un árbol que no sirve pa un carajo” y, según otros “a una milagrosa planta capaz de cicatrizar heridas”. 


Macondo se convierte en referencia no sólo del pequeño pueblo de Aracataca o de Colombia, sino del mundo entero. Macondo es el origen:


El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.


Realidad y fantasía se mezclan, se llegan a confundir. Es la técnica del llamado Realismo Mágico, desbordada de imaginación y recursos; utiliza el mito, el empleo sistemático de lo fantástico en el mismo plano simbólico que lo real,  la enumeración, la exageración con intención irónica y humorística y, sobre todo, el uso de metonimias y metáforas desde la naturalidad de un planteamiento igualitario entre lo real y lo referido.

La comida adquiere protagonismo en la acción narrativa; es curioso como este hecho se observa igualmente en las grandes novelas analizadas en este blog, La Montaña Mágica y La Regenta.

En Macondo, en principio, prima la comida de los indígenas, los alimentos que provienen directamente de la Naturaleza pero, a medida que prospera y toma contacto con la civilización, Macondo se abre al exterior, los alimentos se diversifican, y nunca pierden su referencia a las tierras hispanoamericanas, a la comida criolla.
Precisamente una de las señas de identidad de todos los Buendía es el café, el café negro, que todos toman amargo, sin azúcar.
El sabor de la comida criolla está siempre  presente, hasta el final de los acontecimientos: bananos, arroz, carne, guayaba y hierbas de todo tipo, que Úrsula mezclaba con indudable maestría.
...Pero la comida de Macondo es una comida en soledad; aún comiendo en compañía, los personajes siempre se encuentran profundamente solos ...


Vamos a realizar un viaje a través de Macondo, al compás de la gastronomía criolla y siempre con el trasfondo de la soledad ...





Las primeras menciones a la alimentación provienen directamente de la Naturaleza.
Nada apetitosas, por cierto:




Carne de mico y caldo de culebra




En su huida hasta llegar a Macondo, Úrsula y José Arcadio sobreviven comiendo carne de mico y caldo de culebras, alimentos considerados impuros, que les causan estragos en el estómago:

Fue un viaje absurdo. A los catorce meses, con el estómago estragado por la carne de mico y el caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes humanas.






La domesticación de animales: gallinas, cerdos...


Albahaca



Una vez llegados a Macondo construyen su choza. Plantan un huerto y tienen un corral con chivos, cerdos y gallinas. El aroma a hierbas impregna la casa de los Buendía.


Úrsula guardaba la ropa en arcones con olor a albahaca:


La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Altiva, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca [...]




Guacamaya y venado asado



José Arcadio Buendía inicia una ruta por los alrededores de Macondo, la ruta del Norte, para tomar contacto con el exterior, pues ignoraba por completo la geografía de la región.

En su expedición comían carne de guacamaya y venado asado:

Los primeros días no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de naranjas silvestres. Al término de la primera semana mataron y asaron un venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de seguir comiendp guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol.

(Cap.I)

Al final, deciden quedarse definitivamente en Macondo, a pesar de no tener ningún muerto enterrado allí. Úrsula lo decide así:

-No nos iremos -dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo. 
-Todavía no tenemos un muerto -dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.



Plátano




Cultivo de malanga


Cultivo de yuca

Cultivo de ñame

Cultivo de ahuyama

Berenjenas



Aparece la diversificación de cultivos.

Úrsula, sólo con la ayuda de los niños, siembra y cuida las primeras plantas de Macondo, los primeros alimentos:

Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. 






Con las plantas  vienen también los primeros descubrimientos.
José Arcadio, absorto en sus conjeturas, a los cuarenta años de edad, revela a sus hijos un gran descubrimiento:

De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado, repitiéndose a si mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:
-La tierra es redonda como una naranja.

Los dos primeros hijos de José Arcadio y Úrsula fueron José Arcadio, el mayor y Aureliano, el pequeño, luego llega Amaranta. José Arcadio tiene una relación con una amiga de la familia mucho mayor que él, Pilar Ternera, pero la abandona después de dejarla embarazada.
Aureliano, el hijo menor, tenía poderes. Es uno de los personajes principales, el futuro Coronel Aureliano Buendía. Crece con ciertas características inusuales, como su capacidad de predecir ciertos sucesos o mover objetos con la mente. Solitario ya desde niño, éste será uno de los grandes rasgos de su personalidad.
Se dedica a luchar contra el gobierno, libra 32 guerras civiles ninguna de las cuales es capaz de ganar.



"... Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque siempre estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones quiméricas. 








Al año siguiente, cuando volvieron los gitanos, ya no estaba con ellos Melquíades, pues había muerto. La novedad que trajeron aquel año fue el hielo.
José Arcadio, el hijo mayor, se fuga con una de las gitanas dejando a su familia y a Pilar Ternera. Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua, ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes. Aureliano toca el hielo y comprueba que estaba hirviendo. Mientras tanto José Arcadio Buendía estaba absorto con unos calamares.
Así se describe el descubrimiento del hielo:


 Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar: 
-Es el diamante más grande del mundo. 
-No -corrigió el gitano-. Es hielo. 
José Arcadio Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el gigante se la apartó. «Cinco reales más para tocarlo», dijo. José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué decir, pagó otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto. «Está hirviendo»,
exclamó asustado. Pero su padre no le prestó atención. Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel momento se olvidó de la frustración de sus empresas delirantes y del cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclamó: 
-Éste es el gran invento de nuestro tiempo. (Cap. I)





Guayaba




Continúan los nuevos inventos.
Se celebra con dulce de guayaba el descubrimiento de la alquimia:

En efecto, tras complicadas y perseverantes jornadas, lo habían conseguido. Úrsula estaba feliz, y hasta dio gracias a Dios por la invención de la alquimia, mientras la gente de la aldea se pretujaba en el laboratorio, y les servían dulce de guayaba con galletitas para celebrar el prodigio. (Cap. II)



Paico


Para curar los males siempre recurren a pócimas realizadas con hierbas naturales, como es el caso del paico, remedio contra las lombrices. Úrsula es experta en prepararlas, pues lo había heredado de su madre:

Les preparó una repugnante pócima de paico machacado, que ambos bebieron con imprevisto estoicismo [...]



Huevos de araña. 



Llegan nuevos habitantes y Macondo crece. Los niños (Amaranta y Arcadio, el hijo de Pilar Ternera de quien se habían hecho cargo) aprenden a comer alimentos propios de los indígenas, como huevos de araña o caldo de lagartijas. Se lo enseña Visitación, una india guajira que se encargaba de su cuidado:

Había por aquella época tanta actividad en el pueblo y tantos trajines en la casa, que el cuidado de los niños quedó relegado a un nivel secundario. Se los encomendaron a Visitación, una india guajira que llegó al pueblo con un hermano, huyendo de una peste de insomnio que flagelaba a su tribu desde hacía varios años. Ambos eran tan dóciles y serviciales que Úrsula se hizo cargo de ellos para que la ayudaran en los oficios domésticos. Fue así como Arcadio y Amaranta hablaron la lengua guajira antes que el castellano, y aprendieron a tomar caldo de lagartijas y a comer huevos de arañas sin que Úrsula se diera cuenta, porque andaba demasiado ocupada en un prometedor negocio de animalitos de caramelo. Macondo estaba transformado. (Cap. III)





Tierra y cal




Llega Rebeca, que será adoptada por Úrsula y José Arcadio Buendía. No comía nada, hasta que notaron que sólo se alimentaba de tierra y cal:

El domingo, en efecto, llegó Rebeca. No tenía más de once años. Había hecho el penoso viaje desde Manaure con unos traficantes de pieles que recibieron el encargo de entregarla junto con una carta en la casa de José Arcadio Buendía, pero que no pudieron explicar con precisión quién era la persona que les había pedido el favor [...]

No lograron que comiera en varios días. Nadie entendía cómo no se había muerta de hambre, hasta que los indígenas, que se daban cuenta de todo porque recorrían la casa sin cesar can sus pies sigilosos, descubrieron que a Rebeca sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas. [...]


Este hecho sorprendente de comer tierra, parece ser que hoy todavía existe.
Esta conducta se debe a una alteración del apetito denominada geofagia, cuyas causas son aún un enigma para los investigadores.

El gusto por consumir sustancias no comestibles parece estar relacionado con la falta de determinados minerales en el organismo, aunque todavía no se ha llegado a una razón científica demostrada. Además de tierra, se conocen personas con necesidad de ingerir o chupar otros materiales como la cal, la tiza, la arcilla, el hielo o el plomo, cuyas consecuencias, en casos extremos, pueden llevar al envenenamiento.
El médico francés Ambroise Paré (1510-1590) fue el primero en describir a profundidad este desorden alimenticio al que dio por nombre "pica", seguramente, por ser éste el nombre en latín de pericos y guacamayas. Dichas aves tienen el hábito de ingerir casi cualquier cosa que se les presente, sea por hambre o curiosidad y, de ahí, su nombre.




 Ruibarbo



Rebeca era rebelde y se hizo necesario integrarla en la comunidad. Para ello debía dejar de comer tierra y cal. Como remedio, Úrsula le preparaba una pócima de naranja y ruibarbo:

Ponía jugo de naranja con ruibarbo en una cazuela que dejaba al sereno toda la noche, y le daba la pócima al día siguiente en ayunas. Aunque nadie le había dicho que aquél era el remedio específico para el vicio de comer tierra, pensaba que cualquier sustancia amarga en el estómago vacío tenía que hacer reaccionar al hígado.

 
Comienzan las enfermedades, la peste del insomnio. La introduce Rebeca. Para curar el insomnio bebían un brebaje de acónito, preparado por Úrsula:

Habían contraído, en efecto, la enfermedad del insomnio. Úrsula, que había aprendido de su madre el valor medicinal de las plantas, preparó e hizo beber a todos un brebaje de acónito, pero no consiguieran dormir, sino que estuvieron todo el día soñando despiertos.


 
Acónito





Como consecuencia del insomnio llega también la enfermedad del olvido, la pérdida de la memoria :

Paco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche.











Caramelos, merengues, pudines, canastos de pan y bizcochuelos


Melquíades, el gitano muerto, regresa 
para 
curar 
la 
peste 
del
 insomnio
, que
 había
 atacado
 a
 todos
 los
 habitantes
 de Macondo
 (el elemento mágico siempre presente).
Úrsula y su familia prosperan, se construyen una nueva casa, gracias al negocio de caramelos con forma de animales que Úrsula emprende en solitario y que, más tarde, amplía con otro de repostería, con dulces como pudines, merengues, bizcochuelos y pan.
La prosperidd de la casa representa la prosperidad de Macondo; la comida se enriquece con  variedad de dulces:

 En aquella casa extravagante, Úrsula pugnaba por preservar el sentido común, habiendo ensanchado el negocio de animalitos de caramelo con un horno que producía toda la noche canastos y canastos de pan y una prodigiosa variedad de pudines, merengues y bizcochuelos, que se esfumaban en pocas horas por los vericuetos de la ciénaga. (Cap. III)



Bocadillo de guayaba



Se prepara una fiesta para celebrar la construcción de la nueva casa. Rebeca y Amaranta contribuyen para sufragar los gastos, vendiendo bocadillos de guayaba:

Para sobrellevar los gastos domésticos, sus hijas abrieron un taller de costura, donde lo mismo hacían flores de fieltro que bocadillos de guayaba ...
 (Cap. IV)

Rebeca se enamora de Pedro Crespi, un italiano fino, joven, rubio y muy educado -el más educado que se había visto en Macondo-. Había llegado para enseñarles a tocar la pianola.
Úrsula se preocupa por Rebeca: «No tienes por qué preocuparte tanto -le decía José Arcadio Buendía a su mujer-. Este hombre es marica».
Sufre tras su marcha y, en su desesperación, vuelve a comer tierra.




Galletitas colombianas y naranjada



Amparo Moscote, la mujer del corregidor, se presenta a conocer la nueva casa; le ofrecen naranjada y galletitas:

Le mostraron la mansión reformada, le hicieron oír los rollos de la pianola y le ofrecieron naranjada con galletitas.



Guarapo



La casa se llena de amor: Rebeca enamorada de Pietro Crespi,  al que también Amaranta ama en silencio, y Aureliano enamorado de Remedios Moscote, la hija del corregidor don Apolinar Moscote, miembro del Partido Conservador y, por tanto, enemigo de José Arcadio padre, que militaba en el Partido Liberal.

Aureliano no puede olvidar a Remedios y bebe guarapo fermentado:

Los tres amigos bebieron guarapo fermentado. Magnífico y Gerineldo, contemporáneos de Aureliano, pero más diestros en las cosas del mundo, bebían metódicamente con las mujeres sentadas en las piernas.




Batido de frutas


José Arcadio pide la mano de Remedios para su hijo Aureliano.
Toman batido de frutas:

 José Arcadio Buendía confirmó que, en efecto, Remedios era la elegida. «Esto no tiene sentido -dijo consternado don Apolinar Moscote-. Tenemos seis hijas más, todas solteras y en edad de merecer, que estarían en contadas de ser esposas dignísimas de caballeros serios y trabajadores como su hijo, y Aurelito pone sus ojos precisamente en la única que todavía se arma en la cama.» Su esposa, una mujer bien conservada, de párpados y ademanes afligidos, le reprochó su incorrección. Cuando terminaron de tomar el batido de frutas, habían aceptado complacidos la decisión de Aureliano.



Legumbres




Muere, de nuevo, Melquíades -fue el primer entierro y el más concurrido que se vio en el pueblo-quien en los últimos tiempos sólo se alimentaba de legumbres:

"...sólo se alimentaba de legumbres. Pronto adquirió el aspecto de desamparo propio de los vegetarianos."


Le hicieron sus nueve noches de velorio, como era la costumbre, tomando café:

Le hicieron sus nueve noches de velorio. En el tumulto que se reunía en el patio a tomar café, contar chistes y jugar barajas...





El chocolate hace levitar a don Nicanor, el padre Nicanor Reyna, que se escandaliza porque en Macondo no se seguía ninguna norma de la Iglesia.
Se decide construir un templo.

El muchacho que había ayudado a misa le llevó una taza de chocolate espeso y humeante que él se tomó sin respirar. (Cap. V)




Huevos crudos y lechón




Un día regresó José Arcadio, el hijo mayor (el mismo que se había marchado con los gitanos). Se había convertido en un hombre mujeriego, corpulento, hablaba el lenguaje de los marineros, tenía una fuerza descomunal, era zafio y comía desmesuradamente, con un apetito voraz.
Las hipérboles culinarias lo describen: comía huevos crudos y lechón en cantidades ingentes:

Hablaba el español cruzado con jerga de marineros. Le preguntaron dónde había estado, y contestó: «Por ahí.» Colgó la hamaca en el cuarto que le asignaron y durmió tres días. Cuando despertó, y después de tomarse dieciséis huevos crudos, salió directamente hacia la tienda de Catarino, donde su corpulencia monumental provocó un pánico de curiosidad entre las mujeres. Ordenó música y aguardiente para todos por su cuenta.


Úrsula lo describe así:

Pero en el fondo no podía concebir que el muchacho que llevaron los gitanos fuera el mismo atarván que se comía medio lechón en el almuerzo...

Rebeca se enamora de José Arcadio, abandona a Pietro Crespi, y ambos marchan de la casa ante el escándalo que produjo su unión.





Sardinas portuguesas y mermelada de rosas



Pietro Crespi, después de tantos años de relación con Rebeca, continúa visitando a la familia y les regala algunas exquisiteces culinarias:


Conservó la cinta negra en el sombrero como una muestra de aprecio por la familia, y se complacía en demostrar su afecto a Úrsula llevándole regalos exóticos: sardinas portuguesas, mermelada de rosas turcas y, en cierta ocasión, un primoroso mande Manila. Amaranta lo atendía con una cariñosa diligencia.

Pietro Crespi se enamora de Amaranta y, al ser rechazado por ésta, se suicida.
Vinieron años de guerras civiles entre liberales y conservadores. Aureliano, perteneciente al bando liberal, se convierte entonces en el coronel Aureliano Buendía. 
Arcadio, el hijo de Pilar Ternera, en ausencia del coronel, gobierna Macondo bajo un régimen liberal, pero en realidad se convierte en un verdadero dictador.
Durante estos años sólo se alude a la comida sin especificar cualquier otra consideración:

Todo el día bordaba junto a la ventana, ajena a la zozobra de la guerra, hasta que los potes de cerámica empezaban a vibrar en el aparador y ella se levantaba a calentar la comida [...]
 (Cap. VI)



Carne de venado y siempre el café negro, amargo...



Arcadio, el hijo que Pilar Ternera tuvo con José Arcadio hijo, es condenado y fusilado. En espera de su muerte evoca a Santa Sofía de la Piedad, su mujer pero con la nunca llega a casarse, preparando un venado para el almuerzo:

Al amanecer, después de un consejo de guerra sumario, Arcadio fue fusilado contra el muro del cementerio. En las dos últimas horas de su vida no logró entender por qué había desaparecido el miedo que lo atormentó desde la infancia. Impasible, sin preocuparse siquiera por demostrar su reciente valor, escuchó los interminables cargos de la acusación. Pensaba en Úrsula, que a esa hora debía estar bajo el castaño tomando el café con José Arcadio Buendía. Pensaba en su hija de ocho meses, que aún no tenía nombre, y en el que iba a nacer en agosto, Pensaba en Santa Sofía de la Piedad, a quien la noche anterior dejó salando un venado para el almuerzo del sábado, y añoró su cabello chorreado sobre los hombros y sus pestañas que parecían artificiales[...]


 El café negro siempre acompaña todos los momentos, era la bebida de los Buendía:

"...y se puso a las órdenes del pelotón después de tomarse una taza de café negro."




 

Termina la guerra y el coronel Aureliano Buendía regresa a Macondo. Úrsula lo presiente cuando estaba en la cocina batiendo un dulce de leche:


En mayo terminó la guerra...el coronel Aureliano Buendía cayó prisionero cuando estaba a punto de alcanzar la frontera occidental disfrazado de hechicero indígena... La noticia de la captura fue dada en Macondo con un bando extraordinario. extraordinario. «Está vivo -le informó Úrsula a su marido-. Roguemos a  Dios para que sus enemigos tengan clemencia."

Después de tres días de llanto, una tarde en que batía un dulce de leche en la cocina, oyó claramente la voz de su hijo muy cerca del oído. «Era Aureliano -gritó, corriendo hacia el castaño para darle la noticia al esposo-. No sé cómo ha sido el
milagro, pero está vivo y vamos a verlo muy pronto.» Lo dio por hecho.



Dulce de leche



De nuevo. el café y el dulce de leche. Aureliano Buendía logra escapar de un fusilamiento
Comienza la leyenda del coronel Aureliano Buendía, a quien dicen ver en todas partes.

La guerra entre conservadores y liberales se reanuda:

La puerta se abrió y entró el centinela con un tazón de café. Al día siguiente a la misma hora todavía estaba como entonces, rabiando con el dolor de las axilas, y ocurrió exactamente lo mismo. El jueves compartió el dulce de leche con los centinelas y se puso la ropa limpia, que le quedaba estrecha, y los botines de charol. Todavía el viernes no lo habían fusilado. 

En realidad, no se atrevían a ejecutar la sentencia.

De nuevo, las hipérboles culinarias se suceden. Úrsula, en la cocina, parte treinta y seis huevos para hacer pan. De repente, un hilo de sangre atraviesa la estancia, presiente una desgracia: el suicidio de  José Arcadio, su hijo.
Rebeca, su mujer, no volvió a salir de casa. Macondo la olvidó:


Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan. 
-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.


El coronel Aureliano Buendía regresa triunfal a Macondo, pero es envenenado con una taza de café, un café negro, sin azúcar, como a él y a todos los Buendía les gustaba tomar.
Era una guerra sin futuro la del bando liberal:


Dos días después alguien le dio a un ordenanza un tazón de café sin azúcar, y el ordenanza se lo pasó a otro, y éste a otro, hasta que llegó de mano en mano al despacho del coronel Aureliano Buendía. No había pedido café, pero ya que estaba ahí, el coronel se lo tomó. 
Tenía una carga de nuez vómica suficiente para matar un caballo. [...]

Aureliano Buendia se recupera del envenenamiento, se va y, en su ausencia, nombra a su hombre de confianza Gerineldo Márquez jefe civil y militar de Macondo:


Entonces consiguió que Úrsula le diera el resto de la herencia enterrada y sus cuantiosos ahorros; nombró al coronel Gerineldo Márquez jefe civil y militar de Macondo, y se fue a establecer contacto con los grupos rebeldes del interior. 
(Cap. VII)


Gerineldo pretende a Amaranta, pero ella lo rechaza, pues no tiene futuro, tarde o temprano le van a fusilar - dice -  le da lástima y le prepara bizcocho:






Uno de esos sábados, Úrsula se sorprendió al verla en la cocina, esperando a que salieran 
los bizcochos del horno para escoger los mejores y envolverlos en una servilleta que había 
bordado para la ocasión. 

-Cásate con él -le dijo-. Difícilmente encontrarás otro hombre como ese. 

Amaranta fingió una reacción de disgusto. 

-No necesito andar cazando hombres -replicó-. Le llevo estos bizcochos a Gerineldo porque me 

da lástima que tarde o temprano lo van a fusilar.
 (Cap. VIII)

Muere José Arcadio Buendía, el patriarca, el marido de Úrsula. Había enloquecido. Muere solo en su habitación.
El coronel Aureliano Buendía regresa a Macondo y se hace con el poder.







José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, muy difíciles de distinguir, eran gemelos y confundían a los demás con sus trastadas. Se intercambiaban la identidad.
Eran hijos de Arcadio y Santa Sofía de la Piedad.
Son descubiertos por un vaso de limonada:

En la casa, donde se creía que coordinaban sus actos por el simple deseo de confundir, nadie se dio cuenta de la realidad hasta un día en que Santa Sofía de la Piedad le dio a uno un vaso de limonada, y más tardó en probarlo que el otro en decir que le faltaba azúcar. Santa Sofía de la Piedad, que en efecto había olvidado ponerle azúcar a la limonada, se lo contó a Úrsula. «Así son todos -dijo ella, sin sorpresa-. Locos de nacimiento.» 
(Cap. X)


Cap. XI

Fernanda del Carpio, esposa de Aureliano Segundo, y Petra Cotes se encuentran enfrentadas por el amor de éste. Finalmente, Fernanda acepta la relación de su marido con Petra y decide vivir en su casa. Al año de casados, tienen un hijo al que ponen el nombre de José Arcadio; al cabo de un tiempo tuvieron una hija, que recibe el nombre de Renata, pero a la que todos llamarán Meme.


 



Fernanda, mujer dura y conservadora, vive siempre preocupada por las apariencias. Educada para ser reina, no soporta la falta de modales y la zafiedad de los habitantes de la casa familiar:

-No era ingenuidad ni delirio de grandeza. Así la educaron -.
Logra refinar los hábitos de la comida y de la mesa con manteles de hilo, candelabros y servicio de plata. Impuso horarios fijos para comer y terminó con la costumbre de hacerlo en la cocina. Era más adecuado utilizar el comedor.
El acto más sencillo de la vida cotidiana, la comida, se revistió de todo un ceremonial:


Muchos años después, cuando empezó a sentirse igual a su bisabuela, Fernanda puso en duda la visión de la infancia, pero la madre la reprochó su incredulidad.

-Somos inmensamente ricos y poderosos -le dijo-. Un día serás reina.

Ella lo creyó, aunque sólo ocupaban la larga mesa con manteles de lino y servicios de plata, para tomar una taza de chocolate con agua y un pan de dulce. Hasta el día de la boda soñó con un reinado de leyenda, a pesar de que su padre, don Fernando, tuvo que hipotecar la casa para comprarle el ajuar. No era ingenuidad ni delirio de grandeza. Así la educaron. Desde que tuvo uso de razón recordaba haber hecho sus necesidades en una bacinilla de oro con el escudo de armas de la familia.





 

A pesar de la visible hostilidad de la familia, Fernanda no renunció a la voluntad de imponer los hábitos de sus mayores. Terminó con la costumbre de comer en la cocina, y cuando cada quien tenía hambre, e impuso la obligación de hacerlo a horas exactas en la mesa grande del comedor arreglada con manteles de lino, y con los candelabros y el servicio de plata. La solemnidad de un acto que Úrsula había considerado siempre como el más sencillo de la vida cotidiana creó un ambiente de estiramiento contra el cual se reveló primero que nadie el callado José Arcadio Segundo. Pero la costumbre se impuso, así como la de rezar el rosario antes de la cena, y llamó tanto la atención de los vecinos, que muy pronto circuló el rumor de que los Buendía no se sentaban a la mesa como los otros mortales, sino que habían convertido el acto de comer en una misa mayor [...]
 (Cap. XI)







Poco a poco Fernanda se fue haciendo con el gobierno de la casa. Le exasperaban los tazones de café que gustaba de tomar Aureliano Buendía. El viejo coronel no veía con buenos ojos estos cambios - «Nos estamos volviendo gente fina -protestaba- :

El negocio de repostería y animalitos de caramelo, que Santa Sofía de la Piedad mantenía por voluntad de Úrsula, era considerado por Fernanda como una actividad indigna, y no tardó en liquidarlo [...]

Aureliano Buendía alcanzó a darse cuenta de aquellos cambios y previó sus consecuencias. «Nos estamos volviendo gente fina -protestaba-. A este paso, terminaremos peleando otra vez contra el régimen conservador, pero ahora para poner un rey en su lugar.» Fernanda, con muy buen tacto, se cuidó de no tropezar con él. Le molestaba íntimamente su espíritu independiente, su resistencia a toda forma de rigidez social. La exasperaban sus tazones de café a las cinco, el desorden de su taller, su manta deshilachada y su costumbre de sentarse en la puerta de la calle al atardecer. Pero tuvo que permitir esa pieza suelta del mecanismo familiar, porque tenía la certidumbre de que el viejo coronel era un animal apaciguado por los años y la desilusión, que en un arranque de rebeldía senil podría desarraigar los cimientos de la casa. (Cap. XI)


   




Al acabar las guerras el Coronel Aureliano Buendía deja de ser un héroe nacional para retirarse a una vejez prolongada y solitaria dentro de la casa materna, donde se consagra a la fabricación y venta de pescaditos de oro. Al acabar veinticinco, volvía a fundirlos todos para volver a empezar de nuevo. Lo hacía para tener alguna ocupación y mantenerse distraído con ello, para no caer en la locura de su vida solitaria.


La sempiterna soledad de los Buendía.







Llegan a Macondo los 17 hijos del coronel Aureliano Buendía, de 17 mujeres distintas, engendrados en sus escapadas de guerra.
Se festeja con una estruendosa parranda de champaña:

Entonces el coronel Aureliano Buendía quitó la tranca, y vio en la puerta diecisiete hombres de los más variados aspectos, de todos los tipos y colores, pero todos con un aire solitario que habría bastado para identificarlos en cualquier lugar de la tierra. Eran sus hijos. Sin ponerse de acuerdo, sin conocerse entre sí, habían llegado desde los más apartados rincones del litoral cautivados por el ruido del jubileo. Todos llevaban con orgullo el nombre de Aureliano, y el apellido de su madre [...]
Aureliano Segundo no desperdició la ocasión de festejar a los primos con una estruendosa parranda de champaña y acordeón, que se interpretó como un atrasado ajuste de cuentas con el carnaval malogrado por el jubileo [...]

Sólo uno de los 17 hijos se quedó en Macondo. Fue Aureliano el Triste, quien quiso instalarse en una supuesta casa abandonada, en la que encontró a una vieja Rebeca, que todos creían muerta.
Macondo sigue creciendo: Aureliano el Triste se hace propietario de una próspera industria de fabricación de hielo y se propone llevar el ferrocarril:

En poco tiempo incrementó de tal modo la producción de hielo, que rebasó el mercado local, y Aureliano Triste tuvo que pensar en la posibilidad de extender el negocio a otras poblaciones de la ciénaga. Fue entonces cuando concibió el paso decisivo no sólo para la modernización de su industria, sino para vincular la población con el resto del mundo.
-Hay que traer el ferrocarril -dijo.





Llega a Macondo la plantación de bananos


Después del ferrocarril, Macondo se desarrolla. Llegan los representantes de la futura plantación de bananos, del gran capitalismo, el rechoncho y sonriente míster Herbert y, como siempre hacían con los forasteros, le invitan a comer a casa. No aciertan a comprender su comportamiento a la mesa ante un racimo de banano:


Entre esas criaturas de farándula, con pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino, uno de tantos miércoles llegó a Macondo y almorzó en la casa el rechoncho y sonriente míster Herbert. 

Nadie lo distinguió en la mesa mientras no se comió el primer racimo de bananos. Aureliano Segundo lo había encontrado por casualidad, protestando en español trabajoso porque no había un cuarto libre en el Hotel de Jacob, y como lo hacía con frecuencia con muchos forasteros se lo llevó a la casa. Tenía un negocio de globos cautivos, que había llevado por medio mundo con excelentes ganancias, pero no había conseguido elevar a nadie en Macondo porque consideraban ese invento como un retroceso, después de haber visto y probado las esteras voladoras de los gitanos. Se iba, pues, en el próximo tren. Cuando llevaron a la mesa el atigrado racimo de banano que solían colgar en el comedor durante el almuerzo, arrancó la primera fruta sin mucho entusiasmo. Pero siguió comiendo mientras hablaba, saboreando, masticando, más bien con distracción de sabio que con deleite de buen comedor, y al terminar el primer racimo suplicó que le llevaran otro. Entonces sacó de la caja de herramientas que siempre llevaba consigo un pequeño estuche de aparatos ópticos. Con la incrédula atención de un comprador de diamantes examinó meticulosamente un banano seccionando sus partes con un estilete especial, pesándolas en un granatorio de farmacéutico y calculando su envergadura con un calibrador de armero. Luego sacó de la caja una serie de instrumentos con los cuales midió la temperatura, el grado de humedad de la atmósfera y la intensidad de la luz. Fue una ceremonia tan intrigante, que nadie comió tranquilo esperando que míster Herbert emitiera por fin un juicio revelador, pero no dijo nada que permitiera vislumbrar sus intenciones. 
(Cap. XII)


 
Guineo


Por fin comprenden  las verdaderas intenciones de míster Herbert: instalar en Macondo una plantación de bananos.
Son tiempos de prosperidad.

La casa se llenó de huéspedes invitados a comer, y tuvo que ampliarse el comedor. Úrsula se afanaba en servir a todos ingentes cantidades de típica comida criolla: arroz, legumbres, carne, sopa y limonada.

-Miren la vaina que nos hemos buscado solía decir entonces el coronel Aureliano Buendía-, no mas por invitar un gringo a comer guineo. Aureliano Segundo, en cambio, no cabía de contento on la avalancha de forasteros. La casa se llenó de pronto de huéspedes desconocidos, de invencibles parranderos mundiales, y fue preciso agregar dormitorios en el patio, ensanchar el comedor y cambiar la antigua mesa por una de dieciséis puestos, con nuevas vajillas y servicios, y aun así hubo que establecer turnos para almorzar [...]






Bangaña de legumbres, olla de sopa, limonada y caldero de carne.



Úrsula, en cambio, aun en los tiempos en que ya arrastraba los pies y caminaba tanteando en las paredes, experimentaba un alborozo pueril cuando se aproximaba la llegada del tren. «Hay que hacer carne y pescado», ordenaba a las cuatro cocineras, que se afanaban por estar a tiempo bajo la imperturbable dirección de Santa Sofía de la Piedad. «Hay que hacer de todo -insistía- porque nunca se sabe qué quieren comer los forasteros.» El tren llegaba a la hora de más calor. Al almuerzo, la casa trepidaba con un alboroto de mercado, y los sudorosos comensales, que ni siquiera sabían quiénes eran sus anfitriones, irrumpían en tropel para ocupar los mejores puestos en la mesa, mientras las cocineras tropezaban entre sí con las enormes ollas de sopa, los calderos de carnes, las bangañas de legumbres, las bateas de arroz, y repartían con cucharones inagotables los toneles de limonada [...]



Por fin, se supo que iban a plantar banano:



Había pasado más de un año desde la visita de míster Herbert, y lo único que se sabía era que Tos gringos pensaban sembrar banano en la región encantada que José Arcadio Buendía y sus hombres habían atravesado buscando la ruta de los grandes inventos.


El Capítulo XIII es fundamental para comprender a los personajes. Se comprueba a través de las reflexiones de Úrsula,  ya ciega en esta época. Sola, se resiste a envejecer y evoca los recuerdos de toda una vida:  «Los años de ahora ya no vienen como los de antes», solía decir, sintiendo que la realidad cotidiana se le escapaba de las manos. 

Atendía a la formación papal de José Arcadio, hijo de Fernanda y Aureliano Segundo, cuando éste tuvo que prepararse para ir al Seminario, -Esta era la última vaina que nos faltaba -refunfuñó-: ¡un Papa!, decía Aureliano Buendía - 
La vejez y la soledad de la decrepitud, le habían llevado a comprender en profundidad las verdades de los miembros de su interminable familia:

Sin embargo, en la impenetrable soledad de la decrepitud dispuso de tal clarividencia para examinar hasta los más insignificantes acontecimientos de la familia, que por primera vez vio con claridad las verdades que sus ocupaciones de otro tiempo le habían impedido ver. 


Es estremecedora la descripción que hace de su hijo, el coronel Aureliano Buendía, un hombre - dice - incapacitado para el amor:

Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buendía no le había perdido el cariño a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella creía antes, sino que nunca había querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o a las incontables mujeres de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbró que no había hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creta, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia. Llegó a la conclusión de que aquel hijo por quien ella habría dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor.


 Amaranta no era cruel como todo el mundo creía, sino la mujer más tierna del mundo:

Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazón la espantaba, cuya concentrada amargura la amargaba, se le esclareció en el último examen como la mujer más tierna que había existido jamás, y comprendió con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que había sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el mundo creía, ni el lento martirio con que frustró la vida del coronel Gerineldo Márquez había sido determinado por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo creía, sino que ambas acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobardía invencible, y había triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y atormentado corazón.

Rebeca aparece ante sus ojos como la mujer cuya valentía hubiese deseado para su estirpe:

Rebeca, la que nunca se amamantó de su leche sino de la tierra  y la cal de las paredes, la que no llevó en las venas sangre de sus venas sino la sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos seguían cloqueando en la tumba, Rebeca, la del corazón impaciente, la del vientre desaforado, era la única que tuvo la valentía sin frenos que Úrsula había deseado para su estirpe.

Todos habían terminado solos.

Úrsula albergaba en su corazón el presentimiento de un final trágico para aquella familia, para aquella estirpe de los Buendía:

 ...como si aquella casa de locos que tantos dolores de cabeza y tantos animalitos de caramelo había costado, estuviera predestinada a convertirse en un basurero de perdición. 

Fernanda, la esposa de Aureliano Segundo,  seguía gobernando la casa.
El sentido de la hospitalidad, que siempre reinó en la casa familiar, cambió totalmente; ahora era Fernanda quien elegía escrupulosamente a los comensales, según las más rígidas costumbres que le habían inculcado sus padres:

En la casa siguieron recibiendo invitados a almorzar, y en realidad no se restableció la antigua rutina mientras no se fue, años después, la compañía bananera. Sin embargo, hubo cambios radicales en el tradicional sentido de hospitalidad, porque entonces era Fernanda quien imponía sus leyes. Con Úrsula relegada a las tinieblas, y con Amaranta abstraída en la labor del sudario, la antigua aprendiza de reina tuvo libertad para seleccionar a los comensales e imponerles las rígidas normas que le inculcaran sus padres. Su severidad hizo de la casa un reducto de costumbres revenidas, en un pueblo convulsionado por la vulgaridad con que los forasteros despilfarraban sus fáciles fortunas. 
(Cap. XIII)

Aureliano Segundo se había convertido en un glotón, un comedor sin principios:

Aureliano Segundo le compró a Petra Cotes una cama con baldaquín arzobispal, y puso cortinas de terciopelo en las ventanas y cubrió el cielorraso y las paredes del dormitorio con grandes espejos de cristal de roca. Se le vio entonces más parrandero y botarate que nunca. En el tren, que llegaba todos los días a las once, recibía cajas y más cajas de champaña y de brandy [...] 

Su fama  se extiende por todos los lugares.
El duelo culinario de Aureliano Segundo con la Elefanta, una mujer conocida también por su glotonería, no se hace esperar:

Aureliano Segundo se volvió gordo, violáceo, atortugado, a consecuencia de un apetito apenas comparable al de José Arcadio cuando regresó de la vuelta al mundo. El prestigio de su desmandada voracidad, de su inmensa capacidad de despilfarro, de su hospitalidad sin precedente, rebasó los límites de la ciénaga y atrajo a los glotones mejor calificados del litoral. De todas partes llegaban tragaldabas fabulosos para tomar parte en los irracionales torneos de capacidad y resistencia que se organizaban en casa de Petra Cotes. Aureliano Segundo fue el comedor invicto, hasta el sábado de infortunio en que apareció Camila Sagastume, una hembra totémica conocida en el país entero con el buen nombre de La Elefanta [...]


 



Comieron una ternera con yuca, ñame y plátanos asados...

...y una caja y media de botellas de champaña...



La pantagruélica comida da lugar a toda clase de exageraciones culinarias:

El duelo se prolongó hasta el amanecer del martes. En las primeras veinticuatro horas, habiendo despachado una ternera con yuca, ñame y plátanos asados, y además una caja y media de champaña, Aureliano Segundo tenía la seguridad de la victoria. Se veía más entusiasta, más vital que la imperturbable adversaria, poseedora de un estilo evidentemente más profesional, pero por lo mismo menos emocionante para el abigarrado público que desbordó la casa. Mientras Aureliano Segundo comía a dentelladas, desbocado por la ansiedad del triunfo, La Elefanta seccionaba la carne con las artes de un cirujano, y la comía sin prisa y hasta con un cierto placer [...]

 




Desayunaron cada uno 50 naranjas, 8 litros de café y 30 huevos crudos ...




  




 Por último, dos cerdos, un racimo de plátanos, cuatro cajas de champaña y dos pavos asados ...



Era gigantesca y maciza, pero contra la corpulencia colosal prevalecía la ternura de la femineidad, y tenía un rostro tan hermoso, unas manos tan finas y bien cuidadas y un encanto personal tan irresistible, que cuando Aureliano Segundo la vio entrar a la casa comentó en voz baja que hubiera preferido no hacer el torneo en la mesa sino en la cama. Más tarde, cuando la vio consumir el cuadril de la ternera sin violar una sola regla de la mejor urbanidad, comentó seriamente que aquel delicado, fascinante e insaciable proboscidio era en cierto modo la mujer ideal. No estaba equivocado. La fama de quebrantahuesos que precedió a La Elefanta carecía de fundamento. No era trituradora de bueyes, ni mujer barbada en un circo griego, como se decía, sino directora de una academia de canto. Había aprendido a comer siendo ya una respetable madre de familia, buscando un método para que sus hijos se alimentaran mejor y no mediante estímulos artificiales del apetito sino mediante la absoluta tranquilidad del espíritu. Su teoría, demostrada en la práctica, se fundaba en el principio de que una persona que tuviera perfectamente arreglados todos los asuntos de su conciencia, podía comer sin tregua hasta que la venciera el cansancio. De modo que fue por razones morales, y no por interés deportivo, que desatendió la academia y el hogar para competir con un hombre cuya fama de gran comedor sin principios le había dado la vuelta al país. Desde la primera vez que lo vio, se dio cuenta de que a Aureliano Segundo no lo perdería el estómago sino el carácter. Al término de la primera noche, mientras La Elefanta continuaba impávida, Aureliano Segundo se estaba agotando de tanto hablar y reír. Durmieron cuatro horas. Al despertar, se bebió cada uno el jugo de cincuenta naranjas, ocho litros de café y treinta huevos crudos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátanos y cuatro cajas de champaña, La Elefanta sospechó que Aureliano Segundo, sin saberlo, había descubierto el mismo método que ella, pero por el camino absurdo de la irresponsabilidad total. Era, pues, más peligroso de lo que ella pensaba. Sin embargo, cuando Petra Cotes llevó a la mesa dos pavos asados, Aureliano Segundo estaba a un paso de la congestión.


-Si no puede, no coma más -dijo La Elefanta-. Quedamos empatados.

Lo dijo de corazón, comprendiendo que tampoco ella podía comer un bocado más por el remordimiento de estar propiciando la muerte del adversario. Pero Aureliano Segundo lo interpretó como un nuevo desafío, y se atragantó de pavo hasta más allá de su increíble capacidad. Perdió el conocimiento. Cayó de bruces en el plato de huesos, echando espumarajos de perro por la boca, y ahogándose en ronquidos de agonía. Sintió, en medio de las tinieblas, que lo arrojaban desde lo más alto de una torre hacia un precipicio sin fondo, y en un último fogonazo de lucidez se dio cuenta de que al término de aquella inacabable caída lo estaba esperando la muerte.

-Llévenme con Fernanda -alcanzó a decir [...]
Aureliano Segundo estaba fuera de peligro. Se restableció, en efecto, en menos de una semana, y quince días después estaba celebrando con una parranda sin precedentes el acontecimiento de la supervivencia [...]




Helado con galleta


Aureliano Segundo alternaba sus estancias en la casa familiar, junto a su mujer Fernanda, con su relación con Petra Cotes:

Todos los años, durante dos meses, Aureliano Segundo representaba su papel de marido ejemplar, y promovía fiestas con helados y galletitas, que la alegre y vivaz estudiante amenizaba con el clavicordio [...]

Se suceden las hipérboles, esta vez referidas a los excesos hospitalarios.
Meme (Renata), hija de Fernanda y Aureliano Segundo, había heredado el carácter de su padre, tan proclive a los desafueros hospitalarios y a la fiesta. Invita a su casa a cuatro monjas y a sesenta y ocho compañeras de clase. 
La invitación - se dice-  fue un fracaso, porque las ruidosas colegialas apenas acababan de desayunar cuando ya tenían que empezar los turnos para el almuerzo, luego para la cena. En toda la semana sólo pudieron hacer un paseo a las plantaciones:

El primer signo de esa herencia calamitosa se reveló en las terceras vacaciones, cuando Meme apareció en la casa con cuatro monjas y sesenta y ocho compañeras de clase, a quienes invitó a pasar una semana en familia, por propia iniciativa y sin ningún anuncio.

-¡Qué desgracia! -se lamentó Fernanda-. ¡Esta criatura es tan bárbara como su padre!


Fue preciso pedir camas y hamacas a los vecinos, establecer nueve turnos en la mesa, fijar horarios para el baño y conseguir cuarenta taburetes prestados para que las niñas de uniformes azules y botines de hombre no anduvieran todo el día revoloteando de un lado a otro. La invitación fue un fracaso, porque las ruidosas colegialas apenas acababan de desayunar cuando ya tenían que empezar los turnos para el almuerzo, y luego para la cena, y en toda la semana sólo pudieron hacer un paseo a las plantaciones. Al anochecer, las monjas estaban agotadas, incapacitadas para moverse, para impartir una orden más, y todavía el tropel de adolescentes incansables estaba en el patio cantando desabridos himnos escolares. Un día estuvieron a punto de atropellar a Úrsula, que se empeñaba en ser útil precisamente donde más estorbaba. Otro día, las monjas armaron un alboroto porque el coronel Aureliano Buendía orinó bajo el castaño sin preocuparse de que las colegialas estuvieran en el patio. Amaranta estuvo a punto de sembrar el pánico, porque una de las monjas entró a la cocina cuando ella estaba salando la sopa, y lo único que se le ocurrió fue preguntar qué eran aquellos puñados de polvo blanco.

-Arsénico -dijo Amaranta.
La noche de su llegada, las estudiantes se embrollaron de tal modo tratando de ir al excusado antes de acostarse, que a la una de la madrugada todavía estaban entrando las últimas.

Fernanda compró entonces setenta y dos bacinillas, pero sólo consiguió convertir en un problema matinal el problema nocturno, porque desde el amanecer había frente al excusado una larga fila de muchachas, cada una con su bacinilla en la mano, esperando turno para lavarla [...] 




El coronel Aureliano Buendía, ante esta invasión, abandonó la casa y se refugió en el taller, solo. Siguió fabricando sus pescaditos de oro. Su inapetencia ante la comida era total:

Úrsula no conseguía hilvanar con él una conversación trivial. Sabía que no miraba los platos de comida, sino que los ponía en un extremo del mesón mientras terminaba el pescadito, y no le importaba si la sopa se llenaba de nata y se enfriaba la carne. Se endureció cada vez más desde que el coronel Gerineldo Márquez se negó a secundario en una guerra senil.
Se encerró con tranca dentro de sí mismo, y la familia terminó por pensar en él como si hubiera muerto. 





 
Sólo el café amargo seguía siendo su compañero:

 De regreso al taller percibió el olor de pabilo de los fogones que estaba encendiendo Santa Sofía de la Piedad, y esperó en la cocina a que hirviera el café para llevarse su tazón sin azúcar.

Mientras hierve el café, mira a  Santa Sofía de la Piedad, sin el más insignificante riesgo de nostalgia. La observa como una más, en el vacío de tantas mujeres como habían llegado a su vida.
Un fragmento de terrible desolación con el café evocador:

"...mientras hervía el café  siguió pensando por pura curiosidad, pero sin el más insignificante riesgo de nostalgia, en la mujer cuyo nombre no conoció nunca [...] Sin embargo, en el vacío de tantas mujeres como llegaron a su vida en igual forma, no recordó que fue ella la que en el delirio del primer encuentro estaba a punto de naufragar en sus propias lágrimas, y apenas una hora antes de morir había jurado amarlo hasta la muerte. No volvió a pensar en ella, ni en ninguna otra, después de que entró al taller con la taza humeante, y encendió la luz para contar los pescaditos de oro que guardaba en un tarro de lata [...]




 Carne guisada con cebolla y arroz con plátano frito


Comía solo, de forma mecánica. Era Úrsula quien  le preparaba el almuerzo a base de sopa, carne guisada y plátano frito:

 "... y sin darse cuenta ni siquiera de sí mismo hasta que Úrsula entró con el almuerzo y apagó la luz.
-¡Qué lluvia! -dijo Úrsula.

-Octubre -dijo él.

Al decirlo, no levantó la vista del primer pescadito del día, porque estaba engastando los rubíes de los ojos. Sólo cuando lo terminó y lo puso con los otros en el tarro, empezó a tomar la sopa.

Luego se comió, muy despacio, el pedazo de carne guisada con cebolla, el arroz blanco y las tajadas de plátano fritas, todo junto en el mismo plato. Su apetito no se alteraba ni en las mejores ni en las más duras circunstancias. Al término del almuerzo experimentó la zozobra de la ociosidad. Por una especie de superstición científica, nunca trabajaba, ni leía, ni se bañaba, ni hacía el amor antes de que transcurrieran dos horas de digestión, y era una creencia tan arraigada que varias veces retrasó operaciones de guerra para no someter la tropa a los riesgos de una congestión". 







Se presagia el final. El aire estaba lleno de hormigas voladoras, las hormigas que pronto devorarán y destruirán al último Buendía.



 




La Decadencia

Comienza la decadencia en la casa de los Buendía, y con ella el declive de Macondo. Todo empieza a escasear, también la comida (Cap. XIV)
Muere el coronel Aureliano Buendía (encontraron su cuerpo bajo el castaño), después Rebeca y Amaranta.
Comienza el luto, se comía en silencio:

Las últimas vacaciones de Meme coincidieron con el luto por la muerte del coronel Aureliano Buendía. En la casa cerrada no había lugar para fiestas. Se hablaba en susurros, se comía en silencio, se rezaba el rosario tres veces al día, y hasta los ejercicios de clavicordio en el calor de la siesta tenían una resonancia fúnebre. A pesar de su secreta hostilidad contra el coronel, fue Fernanda quien impuso el rigor de aquel duelo, impresionada por la solemnidad con que el gobierno exaltó la memoria del enemigo muerto.
(Cap. XIV)

 

Ron de caña y rizoma de regaliz



Meme termina sus estudios de clavicordio, pero no acepta la disciplina que le impone Fernanda, su madre - Su felicidad estaba en el otro extremo de la disciplina-.
Le gustan las fiestas ruidosas y, alguna vez, se pasaba con el ron de caña y el rizoma de regaliz:

 Su felicidad estaba en el otro extremo de la disciplina, en las fiestas ruidosas, en los comadreos de enamorados, en los pro-longados encierros con sus amigas, donde aprendían a fumar y conversaban de asuntos de hombres, y donde una vez se les pasó la mano con tres botellas de ron de caña y terminaron desnudas midiéndose y comparando las partes de sus cuerpos. Meme no olvidaría jamás la noche en que entró en la casa masticando rizomas de regaliz, y sin que advirtieran su trastorno se sentó a la mesa en que Fernanda y Amaranta cenaban sin dirigirse la palabra.





 
El caldo de pollo fue un elixir de resurrección para Meme. Le dio fuerzas para enfrentarse a Fernanda y a Amaranta:

 Sentada en la cabecera de la mesa, tomando un caldo de pollo que le caía en el estómago como un elixir de resurrección, Meme vio entonces a Fernanda y Amaranta envueltas en el halo acusador de la realidad. Tuvo que hacer un grande esfuerzo para no echarles en cara sus remilgos, su pobreza de espíritu, sus delirios de grandeza.



Mariposas amarillas que simbolizan la muerte ...




Meme se enamora de Mauricio Babilonia, mecánico de la compañía bananera. Las mariposas amarillas revoloteaban sin cesar (a medida que crece el amor entre Meme y Mauricio, las bandadas de mariposas se hacen mucho más extensas, sofocantes, llenas de ansiedad, llegando a desesperar a quienes las presencian).
Da a luz a un niño al que llaman Aureliano, Aureliano Babilonia:

 Las mariposas amarillas invadían la casa desde el atardecer. Todas las noches, al regresar del baño, Meme encontraba a Fernanda desesperada, matando mariposas con la bomba de insecticida. «Esto es una desgracia -decía-. Toda la vida me contaron que las mariposas nocturnas llaman la mala suerte.»

 Fernanda, la envía a un convento, donde permanecerá sola, recluída  hasta su muerte.


Cap. XV

Se produce una huelga en la compañía bananera a la que sigue una masacre. Las autoridades niegan su existencia. El único superviviente fue José Arcadio Segundo, que toma conciencia de la realidad con un pocillo de café, el café negro de los Buendía:

Después de medianoche se precipitó un aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba dónde había saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Macondo. Al cabo de más de tres horas de marcha, empapado hasta los huesos, con un dolor de cabeza terrible, divisó las primeras casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café, entró en una cocina donde una mujer con un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón. 
- Buenos - dijo exhausto -. Soy José Arcadio Segundo Buendía. 
Pronunció el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien, porque la mujer había pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida, sombría, con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo conocía. Llevó una manta para que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogón, le calentó agua para que se lavara la herida que era sólo un desgarramiento de la piel, y le dio un paño limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café, sin azúcar, como le habían dicho que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego. 
José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café. 
- Debían ser como tres mil - murmuró. 
- Que? 

Los muertos - aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de lástima. "Aquí no ha habido muertos - dijo -. Desde los tiempos de tu tío, el coronel no ha pasado nada en Macondo." En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: "No hubo muertos."[...]

En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.» Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales.

El único sobreviviente fue José Arcadio Segundo.




 
Comienza el Capítulo XVI con unas lluvias torrenciales que se prolongan durante 4 años, 11 meses y 2 días - La atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas- .
A pesar de las desgracias, Fernanda mantenía rígidas las costumbres a la mesa:

...a Fernanda no le habría importado la lluvia, porque al fin de cuentas toda la vida había sido para ella como si estuviera lloviendo. No modificó los horarios ni perdoné los ritos. Cuando todavía estaba la mesa alzada sobre ladrillos y puestas las sillas sobre tablones para que los comensales no se mojaran los pies, ella seguía sirviendo con manteles de lino y vajillas chinas, y prendiendo los candelabros en la cena, porque consideraba que las calamidades no podían tomarse de pretexto para el relajamiento de las costumbres. [...]





El médico de Macondo se alimentaba, según Fernanda,
 con hierba para burros


Fernanda curaba sus dolencias con recursos de todo tipo, pues no quería ponerse en manos del único médico de Macondo que - irónicamente, decía - se alimentaba con hierba para burros:

Entonces perdió la esperanza. Se resignó a aguardar que pasara la lluvia y se normalizara el correo y, mientras tanto, se aliviaba de sus dolencias secretas con recursos de inspiración, porque hubiera preferido morirse a ponerse en manos del único médico que quedaba en Macondo, el francés extravagante que se alimentaba con hierba para burros.

Aureliano Segundo regresó a la casa con sus baúles, convencido de que no sólo Úrsula, sino todos los habitantes de Macondo, estaban esperando que escampara para morirse.




 
Carne salada y un saco de arroz


Las provisiones de alimentos se agotan, como bien alerta Fernanda a su marido:

... su esposa le anunció que no quedaban más de seis kilos de carne salada y un saco de arroz en el granero.
-¿Y ahora qué quieres que haga? -preguntó él.
-Yo no sé -contestó Fernanda-. Eso es asunto de hombres.


-Bueno -dijo Aureliano Segundo-, algo se hará cuando escampe.
Siguió más interesado en la enciclopedia que en el problema doméstico, aun cuando tuvo que conformarse con una piltrafa y un poco de arroz en el almuerzo. «Ahora es imposible hacer nada -decía-. No puede llover toda la vida.» 




Vino blanco y vino rojo



Fernanda estalla en reproches. Salen a borbotones de su boca.
Un fragmento donde se describen con humor las quejas de Fernanda -la única que podía determinar a ojos cerrados cuándo se servía el vino blanco, y de qué lado y en qué copa, y cuándo se servía el vino rojo, y de qué lado y en qué copa -  hacia la familia Buendía. La habían considerado siempre como el trapito de bajar la olla:

"...una familia que al fin y al cabo la había tenido siempre como un estorbo, como el trapito de bajar la olla, como un monigote pintado en la pared, y que siempre andaban desbarrando contra ella por los rincones, llamándola santurrona, llamándola farisea, llamándola lagarta, y hasta Amaranta, que en paz descanse, había dicho de viva voz que ella era de las que confundían el recto con las témporas, bendito sea Dios, qué palabras, y ella había aguantado todo con resignación por las intenciones del Santo Padre, pero no había podido soportar más cuando el malvado de José Arcadio Segundo dijo que la perdición de la familia había sido abrirle las puertas a una cachaca, imagínese, una cachaca mandona, válgame Dios, una cachaca hija de la mala saliva, de la misma índole de los cachacos que mandó el gobierno a matar trabajadores, dígame usted, y se refería a nadie menos que a ella, la ahijada del duque de Alba, una dama con tanta alcurnia que le revolvía el hígado a las esposas de los presidentes, una fijodalga de sangre como ella que tenía derecho a firmar con once apellidos peninsulares, y que era el único mortal en ese pueblo de bastardos que no se sentía emberenjenado frente a dieciséis cubiertos, para que luego el adúltero de su marido dijera muerto de risa que tantas cucharas y tenedores, y tantos cuchillos y cucharitas no era cosa de cristianos, sino de ciempiés, y la única que podía determinar a ojos cerrados cuándo se servía el vino blanco, y de qué lado y en qué copa, y cuándo se servía el vino rojo, y de qué lado y en qué copa, y no como la montuna de Amaranta, que en paz descanse, que creía que el vino blanco se servía de día y el vino rojo de noche."



Orégano


Maíz



Aureliano Segundo furioso ante la actitud de su mujer, fue rompiendo con parsimonia todas las vajillas y cristalerias, así como  los potes de óregano, que proporcionaban el perfume tan característico de la casa:

-Cállate ya, por favor -suplicó.
Fernanda, por el contrario, levantó el tono. «No tengo por qué callarme -dijo-. El que no quiera oírme que se vaya.» Entonces Aureliano Segundo perdió el dominio. Se incorporé sin prisa, como si sólo pensara estirar los huesos, y con una furia perfectamente regulada y metódica fue agarrando uno tras otro los tiestos de begonias, las macetas de helechos, los potes de orégano, y uno tras otro los fue despedazando contra el suelo. Fernanda se asusté, pues en realidad no había tenido hasta entonces una conciencia clara de la tremenda fuerza interior de la cantaleta, pero ya era tarde para cualquier tentativa de rectificación. Embriagado por el torrente incontenible del desahogo, Aureliano Segundo rompió el cristal de la vidriera, y una por una, sin apresurarse, fue sacando las piezas de la vajilla y las hizo polvo contra el piso. Sistemático, sereno, con la misma parsimonia con que había empapelado la casa de billetes, fue rompiendo luego contra las paredes la cristalería de Bohemia, los floreros pintados a mano, los cuadros de las doncellas en barcas cargadas de rosas, los espejos de marcos dorados, y todo cuanto era rompible desde la sala hasta el granero, y terminó con la tinaja de la cocina que se reventé en el centro del patio con una explosión profunda. Luego se lavé las manos, se echó encima el lienzo encerado, y antes de medianoche volvió con unos tiesos colgajos de carne salada, varios sacos de arroz y maíz con gorgojo, y unos desmirriados racimos de plátanos. Desde entonces no volvieron a faltar las cosas de comer.


No volvió a llover en diez años.
Macondo estaba en ruinas.
(Cap. XVI)

La decadencia física, acorde con el ambiente, es cada vez mayor:

Aureliano Segundo descubriera cuánto habían decaído sus ánimos y hasta qué punto se había secado su ingenio de cumbiambero magistral. Era un hombre cambiado. Los ciento veinte kilos que llegó a tener en la época en que lo desafió La Elefanta se habían reducido a setenta y ocho.





Mazamorra



Sin embargo Aureliano y Petra Cotes, que en aquellos tiempos vivían juntos, cuidaban con dedicación a Fernanda. Llegaron a comer mazamorra durante tres días sólo para que ella pudiera comprar un mantel holandés:

 Lo que en verdad les ocurría, aunque ninguno de los dos se daba cuenta, era que ambos pensaban en Fernanda como en la hija que hubieran querido tener y no tuvieron, hasta el punto de que en cierta ocasión se resignaron a comer mazamorra por tres días para que ella pudiera comprar un mantel holandés.


Cuando las lluvias terminan, Úrsula muere el día de Jueves Santo. También Macondo queda desolado. Le sigue la muerte de Aureliano Segundo, que consigue enviar a su hija Úrsula Amaranta a estudiar a Bruselas y, a la vez, muere también su gemelo José Arcadio Segundo:
 (Cap XVII y Cap. XVIII))

El nueve de agosto, antes de que se recibiera la primera carta de Bruselas, José Arcadio Segundo conversaba con Aureliano en el cuarto de Melquíades, y sin que viniera a cuento dijo:
-Acuérdate siempre de que eran más de tres mil y que los echaron al mar.
Luego se fue de bruces sobre los pergaminos, y murió con los ojos abiertos.


Permanece el sempiterno café amargo, sin azúcar, el café de los Buendía.




Aureliano Babilonia, el hijo de Meme y Mauricio Babilonia, se encargará de seguir investigando los pergaminos de Melquíades, tras la muerte de Aureliano Segundo.
También, después de su muerte, sólo se comía en la casa arroz con plátano, y se  bebía el sempiterno café sin azúcar:

Aureliano no abandonó en mucho tiempo el cuarto de Melquíades. Se aprendió de memoria las leyendas fantásticas del libro desencuadernado, la síntesis de los estudios de Hermann, el tullido; los apuntes sobre la ciencia demonológica, las claves de la piedra filosofal, las centurias de Nostradamus y sus investigaciones sobre la peste, de modo que llegó a la adolescencia sin saber nada de su tiempo, pero con los conocimientos básicos del hombre medieval. A cualquier hora que entrara en el cuarto, Santa Sofía de la Piedad lo encontraba absorto en la lectura. Le llevaba al amanecer un tazón de café sin azúcar, y al mediodía un plato de arroz con tajadas de plátano fritas, que era lo único que se comía en la casa después de la muerte de Aureliano Segundo. (Cap. XVIII)






La decadencia es cada vez más evidente.
Las hormigas rojas, tenaces, invencibles, se introducen por toda la casa:

Santa Sofía de la Piedad se pasaba el día en los dormitorios, espantando los lagartos que volverían a meterse por la noche.
Una mañana vio que las hormigas coloradas abandonaron los cimientos socavados, atravesaron el jardín, subieron por el pasamanos donde las begonias habían adquirido un color de tierra, y entraron hasta el fondo de la casa. Trató primero de matarlas con una escoba, luego con insecticida y por último con cal, pero al otro día estaban otra vez en el mismo lugar, pasando siempre, tenaces e invencibles.





Santa Sofía de la Piedad se fuga de la casa, cansada de tanta servidumbre.
Fernanda, por primera vez, tiene que aprender a hacer el café, el negro café. 
Fernanda y Aureliano Babilonia, los únicos habitantes de la casa, comían separados, no compartían la soledad, seguían viviendo cada uno en la suya:

Cuando se enteró de la fuga, Fernanda despotricó un día entero, mientras revisaba baúles, cómodas y armarios, cosa por cosa, para convencerse de que Santa Sofía de la Piedad no se había alzado con nada. Se quemó los dedos tratando de prender un fogón por primera vez en la vida, y tuvo que pedirle a Aureliano el favor de enseñarle a preparar el café. Con el tiempo, fue él quien hizo los oficios de cocina. Al levantarse, Fernanda encontraba el desayuno servido, y sólo volvía a abandonar el dormitorio para coger la comida que Aureliano le dejaba tapada en rescoldo, y que ella llevaba a la mesa para comérsela en manteles de lino y entre candelabros, sentada en una cabecera solitaria al extremo de quince sillas vacías. Aun en esas circunstancias, Aureliano y Fernanda no compartieron la soledad, sino que siguieron viviendo cada uno en la suya, haciendo la limpieza del cuarto respectivo, mientras la telaraña iba nevando los rosales, tapizando las vigas, acolchonando las paredes.






Jamón, flores azucaradas y un vaso de buen vino



Muere Fernanda, con la sombra de la soledad. 
Aureliano  Babilonia, solo, seguía absorto descifrando los pergaminos de Melquíades. Le tutela José Arcadio cuando vuelve de Roma:

Siguió encerrado, absorto en los pergaminos que peco a poco iba desentrañando, y cuyo sentido, sin embargo, no lograba interpretar. 
José Arcadio le llevaba al cuarto rebanadas de jamón, flores azucaradas que dejaban en la boca un regusto primaveral, y en ocasiones un vaso de buen vino.


 

Queso agusanado y macarrones fríos



José Arcadio, el hijo de Fernanda y Aureliano Segundo, abandona Roma y vuelve a Macondo, tras una solitaria travesía en la que su única comida eran macarrones fríos y queso agusanado:

 José Arcadio, que abandonó el seminario tan pronto como llegó a Roma, siguió alimentando la leyenda de la teología y el derecho canónico, para no poner en peligro la herencia fabulosa de que le hablaban las cartas delirantes de su madre, y que había de rescatarlo de la miseria y la sordidez que compartía con dos amigos en una buhardilla del Trastevere. Cuando recibió la última carta de Fernanda, dictada por el presentimiento de la muerte inminente, metió en una maleta los últimos desperdicios de su falso esplendor, y atravesó el océano en una bodega donde los emigrantes se apelotaban como reses de matadero, comiendo macarrones fríos y queso agusanado. 


Amaranta Úrsula (hija menor de Fernanda y Aureliano Segundo) regresa de Bruselas y vuelve a llenar de olor a orégano toda la casa (era el olor característico de la casa familiar de los Buendía):

Desbandó las hormigas coloradas que ya se habían apoderado del corredor, resucitó los rosales, arrancó la maleza de raíz, y volvió a sembrar helechos, oréganos y begonias en los tiestos del pasamanos. (Cap. XIX)




Huevo de iguana


Frutas almibaradas, pescados y mariscos



Ella y su marido Gastón poco a poco se fueron aclimatando a Macondo:

Le gustaba tanto la comida criolla, que una vez se comió un sartal de ochenta y dos huevos de iguana. Amaranta Úrsula, en cambio, se hacia llevar en el tren pescados y mariscos en cajas de hielo, carnes en latas y frutas almibaradas, que era lo único que podía comer.



Verdolaga

Hierbabuena


Aureliano Babilonia apenas tenía para comer, y sólo tomaba sopa de cabezas de gallo aderezada con verdolaga y hierbabuena:

Por esa época, Aureliano Babilonia vivía de vender cubiertos, palmatorias y otros chécheres de la casa. Cuando andaba sin un céntimo, que era lo más frecuente, conseguía que en las fondas del mercado le regalaran las cabezas de gallo que iban a tirar en la basura, y se las llevaba a Nigromanta para que le hiciera sus sopas aumentadas con verdolaga y perfumadas con hierbabuena.

Se hace amante de Nigromanta, bisnieta del más antiguo de los negros antillanos que quedaban en Macondo y a quien hablaba de la sopa de cabezas de gallo y otras exquisiteces de la miseria:

 "...hablando en papiamento de las sopas de cabezas de gallo y otras exquisiteces de la miseria."






Se marcha el sabio catalán. El sabio catalán, el librero - que tenía párpados de almejas- opinaba que la sabiduría no valía la pena, sino servía para preparar de una manera nueva los garbanzos:

Había de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad tenía origen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos.



Sancocho de gallina, comida típica colombiana




Sigue Aureliano Babilonia:

Fue él quien puso de moda las extravagancias que la propietaria celebraba con su sonrisa eterna, sin protestar, sin creer en ellas, lo mismo cuando Germán trató de incendiar la casa para demostrar que no existía, que cuando Alfonso le torció el pescuezo al loro y le echó en la olla donde empezaba a hervir el sancocho de gallina.



Melocotones en almíbar



Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia se sienten atraídos. Unos melocotones en almíbar propician su acercamiento...

 No se le había ocurrido pensar que suscitaba en Aureliano algo más que un afecto fraternal, hasta que se pinchó un dedo tratando de destapar una lata de melocotones, y él se precipitó a chuparle la sangre con una avidez y una devoción que le erizaron la piel.
-¡Aureliano! -rió ella, inquieta-. Eres demasiado malicioso para ser un buen murciélago.
Entonces Aureliano se desbordó. Dándole besitos huérfanos en el cuenco de la mano herida,
Cap. XX. El final


Gastón se había ido a Bruselas. Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia, solos, son felices en Macondo: 

 En aquel Macondo olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor en una casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra.

"...pero las hormigas continúan en la casa, tenaces, devastadoras":

En el aturdimiento de la pasión, vio las hormigas devastando el jardín, saciando su hambre prehistórica en las maderas de la casa, y vio el torrente de lava viva apoderándose otra vez del corredor, pero solamente se preocupó de combatirlo cuando lo encontró en su dormitorio. Aureliano abandonó los pergaminos, no volvió a salir de la casa, y contestaba de cualquier modo las cartas del sabio catalán.


 



De nuevo los melocotones, Úrsula Amaranta, Aureliano...y las hormigas...:

Una noche se embadurnaron de pies a cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron como perros y se amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas carniceras que se disponían a devorarlos vivos.


Cuando murió Pilar Ternera, Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia estaban esperando un hijo.
La sombra del incesto... se cumple la profecía de que un incesto llegaría a producir un hijo con rabo de cerdo:

Atormentado por la certidumbre de que era hermano de su mujer, Aureliano se dio una escapada a la casa cural para buscar en los archivos rezumantes y apolillados alguna pista cierta de su filiación.

El hijo que tuvieron se llamó Aureliano, pero este nació con una cola de cerdo. No se preocuparon porque no conocían la historia (de la unión consanguínea nacerían niños con cola de cerdo) y pensaron cortársela mas adelante. Pocas horas mas tarde moría desangrada Amaranta Úrsula. Aureliano estaba desolado y estuvo deambulando por el pueblo. Al amanecer regresó a casa y no encontró a su hijo en la canastilla donde lo había dejado. Aureliano vio a su hijo comido por las hormigas que habían estado asaltando la casa desde hacia meses. En aquel momento su mente desveló las claves de los pergaminos, inmediatamente los pudo descifrar y descubrió su procedencia y que Amaranta Úrsula era su tía. Los documentos resultaron ser la historia entera de toda su familia. Mientras leía los pergaminos descubrió que, en cuanto acabara de leer, él moriría y Macondo, con él, desaparecería:

"...en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de lo estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas `[...]
Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."





Y, de nuevo, volvemos a recordar el principio:


El gitano Melquíades pasa a la familia un manuscrito que ha elaborado a partir de las profecías de Nostradamus, pero nadie sabe descifrar lo que aparece en el pergamino. Sólo seis generaciones más tarde, cien años precisamente, el último Aureliano conseguirá descifrar el enigma: el manuscrito cuenta todo lo que los Buendía han sufrido a lo largo de cien años, cien años de soledad.
Soledad y soledad. Hasta el mismo acto de comer se realiza siempre en una profunda soledad.
A pesar de que todos vivían dentro de una misma casa, acompañados, mezclados, terminaban siempre solos, refugiados en algún cuarto, apartados, comiendo en soledad o, simplemente, encerrados en sus propios pensamientos, sin prestar atención o interés a lo que estaba pasando a su alrededor.
Sea como sea la soledad de cada personaje, hay un elemento común a todos los tipos de soledad, y es la imposibilidad de compartirla, su propia naturaleza insolidaria se lo impedía.







5 comentarios :

  1. Gracias a tí me he reencontrado con Macondo y con el realismo mágico de Gabo. Como siempre magistral la entrada, me la tengo volver a leer para sacarle todos sus sabores. Un placer.

    ResponderEliminar
  2. Hola, Rosa :-) Antes de nada, gracias por tu amable comentario. Tus blogs son excpecionales, muy original esta mezcla sublime entre gastronomía y cultura :-)

    Dime cuál de los fondos te interesa y le quitaré la marca de agua.


    Besitos desde
    Imágenes Vintage Gratis
    .

    ResponderEliminar
  3. Mi correo está en mi perfil :-) Pero no encuentro el tuyo para enviarte el fondo. Dame un email y te envío el fondo y el código html del botón. Besos.

    ResponderEliminar
  4. Hola Rosa, hoy domingo, que tengo tiempo, he vuelto a releer tu maravillosa entrada, aún huele mi despacho a café: ummmm.
    Volveré de nuevo, para mí tu blog se ha convertido en una lectura de culto, aunque me está despertando ansías por volver a leer lo ya leído y con las cosas nuevas que tengo apiladas...
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Gracias Tracy, me alegro mucho de tu visita.
    Yo también disfruto, muchas cosas me habían pasado desapercibidas, y recorriendo la comida,se encuentran nuevas rutas para la lectura.
    Hasta pronto. Un beso.

    ResponderEliminar