con paso ligero,
sin que tropiecen tus pies,
ni aún se te pegue
el polvo del camino,
corre seguro,
gozoso y expedito
la senda de las bienaventuranzas.
Santa Clara llora la muerte de san Francisco
Giotto di Bondone
Y ellas me llevaron a mirar sus Florecillas...
El 11 de agosto de 2012, se clausuró el VIII Centenario de la Consagración de Santa Clara de Asís, co-fundadora, junto a
san Francisco de Asís, de la Orden de las Damas Pobres, o clarisas.
Os dejo uno de los relatos más bellos sobre su vida, en las
Florecillas:
La comida en el bosque
Francisco iba y volvía a Santa María de los Ángeles, en tanto que Clara se hallaba siempre encerrada en San Damián. Ella sabía que no andaba mal viviendo de día en día más pobre; pero deseaba consultar con Francisco, a quien llamaba su padre y sostén.
Cuando se enteraba que Francisco se encontraba en Santa María de los Ángeles, le rogaba que visitase San Damián. Francisco, empero, pasaba de largo; quería evitar que la gente se escandalizase de sus entrevistas con aquellas mujeres.
Sin embargo, Clara sentía particulares deseos de comer una vez con Francisco. No hay amigo o pariente que deje de sentir este deseo de comer con el pariente o amigo.
Esta necesidad de comer es, en verdad, humillante para el hombre espiritual; mas cumplida en compañía, viene a ser un rito que hermana y eleva. El mismo Jesucristo aceptó la invitación de comer con los publícanos, y a sus discípulos les dejó su misma Persona como manjar común en la Mesa Eucarística.
Clara deseaba comer una vez con Francisco, mas éste aplazaba indefinidamente la fecha hasta tal punto que los compañeros de Francisco sintieron compasión por Clara y hablaron a aquél en tono de reprensión: «Padre —le dijeron—, no nos parece conforme a la caridad este tu proceder. Clara abandonó todos los bienes del mundo y es una planta de tu jardín espiritual. ¿Por qué no quieres acceder en una cosa insignificante como es tener una refección contigo?».
Francisco reconocía su rigor excesivo, pero quería el consejo de los amigos. Temía que su simpatía por Clara nublara la razón. Por eso les preguntó: «¿Os parece a vosotros que deba yo acceder?». «Sí, Padre. Clara merece éste y otros muchos más consuelos». «Pues si os parece así a vosotros, a mí también».
Pero no fue San Damián el lugar escogido, sino Santa María de los Ángeles. «Ella —dijo Francisco con ternura de padre— se halla en San Damián desde mucho tiempo. Creo que le gustará salir fuera un poco y volver a ver de día el lugar donde se le cortó de noche el pelo. Comeremos en el bosque en el nombre de Jesucristo».
Y Clara pudo al fin bajar a la Porciúncula. Se arrodilló delante de la Virgen y recorrió luego el sitio sembrado de cabañas a la sombra del bosque. Clara caminaba con los pies desnudos por aquellos senderos pedregosos. Se llegó hasta el vallado que marcaba los lindes y se paró junto al pequeño torrente.
El sol filtraba penosamente su luz en la selva, y balanceaba el viento las copas de los pinos, y celebraban festivos los pajaritos el arribar de la primavera.
Llegada la hora de comer, se sentaron en tierra en torno a una piedra lisa. El compañero de Francisco y la compañera de Clara sirvieron los mendrugos de pan y un jarro de agua fresca.
Antes empero de probar bocado habló Francisco del Señor y de su santo amor. Este amor de que hablaba Francisco fue algo así como una llama que prendió al punto en el alma de los comensales, arrebatándoles en éxtasis, y luego se extendió por el bosque con tal claridad que fue oscurecida la del sol.
La Porciúncula apareció envuelta en un gran resplandor que desde Asís parecía un tremendo incendio. Acudió la gente de lejos para extinguir el incendio, pero observaron, con admiración, que nada ardía en el bosque, aunque estaba envuelto en gran claridad.
Se adentraron en la espesura en busca de aquella potente luz irradiada, y encontraron, en torno a la mesa, a Clara, Francisco y los compañeros de ambos arrebatados en éxtasis. Un globo de luz les envolvía por completo, y la selva, como atónita, se hallaba en el mayor recogimiento, y los pajaritos encantados e inmóviles sobre los árboles.
Pasado algún tiempo fue atenuándose poco a poco la luz, hasta que se extinguió. Se dispersó la gente con respeto; se mecieron de nuevo suavemente los árboles; volvió a correr el agua del torrente y los pájaros reanudaron su vuelo entre los árboles.
Al fin se levantaron Clara y Francisco sin haber probado una migaja de la comida allí presente, pero saciados del manjar espiritual que les regaló el cielo.