El arte no es una elección, el arte es destino, por
eso la manera de estar en el mundo del artista es crear, y
la creación sucede a través de él sin más propósito o virtud
que los que puedan atribuírsele a la araña como
constructora de su tela o a la flor como dispensadora de
aroma. Ahí no hay gusto por la exhibición, y tampoco
hay motivo en el empeño, más allá de una necesidad todopoderosa.
El poeta está pagado con el gusto de su propio
trabajo, ese será su alto jornal, por decirlo con
palabras de un maestro, Claudio Rodríguez. El poeta escribe
porque algo le obliga y lo seduce, sin otro fin que
la misma creación, de la misma manera que el hombre se
enamora.
Nuestros padres los griegos, haciéndose eco de una
preciosa leyenda antigua –recordada por Walter F.
Otto en su libro «Las Musas»–, aseguraban que «sólo son
poetas aquellos sobre cuyos labios, estando en la cuna, volaron
abejas.»
El arte es sagrado, su origen está siempre más allá del
hombre que lo incorpora al mundo, quiera o no quiera,
sepa o no sepa reconocerlo el artista. «El arte es religión,
la religión arte, no relacionados, sino la misma cosa», afirma
Ananda Coomaraswamy.
Y en efecto, el místico y el artista están muy próximos, los dos han tenido un vislumbre
del Misterio que los crea y los gobierna y, a partir
de ese momento, se interesan tan sólo por la Verdad,
por la Verdad del Arte, por la Verdad de la Vida, por eso
no pueden fabular, sino atender, por eso no pueden
construir, sino desvelar. El poeta es un bhakta, un devoto,
un adorador, porque sabe que lo debe todo, que su
misma posibilidad de ser depende por completo de la
Gracia. Ha visto que no tiene nada propio que le sirva, y
así renuncia a sus palabras muertas y yace a los pies de su
Señora con arrobo, la atiende y la propicia, suspirando
por una sola de sus palabras vivas: por una lágrima tuya,
qué alegría, me dejaría matar. Sin ese loco amor encandilado
y sin la fe que lo sostiene, la epifanía no puede suceder,
aunque ese amor no siempre sea, por sí solo, causa
suficiente para que el milagro ocurra.
En su hermoso libro sobre las tendencias místicas del
Islam, cuenta Anne Marie Schimmel que, entre los derviches,
se tenía por cierto que ni el ángel mismo de la
muerte podía interrumpir al devoto durante su plegaria
ritual. Cuando esa plegaria alcanza un cierto grado de intensidad,
el fiel se disuelve, se hace uno con su decir enamorado
y con Aquel que lo motiva. Sobre lo que allí
queda en pie, la muerte ya no tiene autoridad. Ese es el
clima en que el poema encarna.
Vicente Gallego, Dos Aguas, 25 de julio, 2006