domingo, 27 de octubre de 2013

La humildad

 
 
 
El infante Samuel en oración. Sir. J. Reynolds
  

Reflexión  sobre la parábola del fariseo y el publicano a tenor del Evangelio de hoy:

"El Señor de la misericordia sale al encuentro de nuestra vida en dos momentos especialmente importantes: cuando celebramos la Eucaristía y cuando nos encontramos con el rostro sufriente de los pobres. Para poder percibir a Jesús en estos dos momentos cruciales es necesario contemplar la realidad con los ojos del corazón: la humildad y la plegaria. Únicamente un corazón humilde y orante, descubre la presencia del Señor entre los pobres y en el seno de la comunidad cristiana.
La parábola del fariseo y el publicano pretende enseñarnos la naturaleza de la humildad cristiana. La humildad es la virtud de ser realista ante la vida que nos ha tocado vivir. Humilde es aquel que tiene los pies en el suelo. Humilde es aquel que mirándose a sí mismo se ve tal cual es, que contempla a los demás tal como son, y que intenta observar el mudo como realmente se presenta. Ciertamente la humildad es la virtud interior de ser realista ante la vida, pero no se limita a eso. La humildad de nuestra vida solamente crece y se desarrolla cuando estamos en contacto con los pobres y débiles de nuestro mundo. Ellos nos hacen tener los pies en el suelo y ser realistas ante la vida.
 
La verdadera humildad es lo único que permite el crecimiento personal. Cuando la persona humilde contempla la interioridad de su vida descubre siempre dos cosas: aquellas cosas de las cuales debe convertirse y aquellas cosas en las cuales debe aceptarse. En definitiva ser humilde es ser sabio. Es ver aquello en que me debo aceptar y aquello en que debo convertirme. Cuando nos hemos dado cuenta de eso, nuestro corazón está ya abierto a Dios y presto a participar de su ternura. María es el modelo de humildad ante el Señor. Ella, mejor que nadie, nos ha mostrado la realidad de un corazón abierto ante Dios. Un corazón humilde, pobre y sabio, las entrañas en las que el Todopoderoso ha engendrado su ternura.
 
Lo opuesto a la humildad es el orgullo. Ser orgulloso es sinónimo de ser necio. Implica tomar una actitud irreal ante la vida, y pasar toda la existencia sin llegar a conocerse a sí mismo ni a los demás. Y esto, tristemente, cierra nuestro corazón a la llamada del Dios de la misericordia".
 
 
Francesc Ramis Darder, Lucas, evangelista de la ternura de Dios, pág. 139
 
 
Cada semana se nos ofrece una Reflexión sobre el Evangelio dominical.
 
 
 
 
 

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