martes, 24 de marzo de 2015

Un texto...

 
 
 
Lectora ensimismada. Pablo Gallo 

 
 
 Aunque la tecnología nos tenga encantados, no hay nada como el olor y el tacto de un libro...

 

Genial... Hay que ser realmente idiota para...


Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.

Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo.
 
Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.



 


Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforescente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso –lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad– yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas. (…)




 

Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

Julio Cortázar. La vuelta al día en ochenta mundos

 
 

 Schubert Serenade - Fischer-Dieskau
 


Imágenes: Pablo Gallo.



 

6 comentarios :

  1. Un idiota encantador, la originalidad de Cortázar es fantástica. a veces no vale un simple escribir bien, él lo hace, pero ser original que se le reconozca antes de ver al autor es un más muy valioso.
    He reído y llorado con el texto, igual que con el comentario que me dejó en el blog una tal "enredadera"
    Ay Rosa, hoy tengo las lágrimas columpiándose e las pestañas por el "cumple" de alguien que ya no está entre nosotros.
    También hubiera querido enviar un recuerdo a su mujer (está tan callada) por su aniversario de ayer, pero he perdido la dirección, sé que la tengo apuntada en algún cuaderno, pero tengo tantos que no la veo y lo siento mucho.

    Te quiero, querida amiga.
    Besiños..

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    1. Es precioso este texto; también me considero idiota, todo me parece una maravilla, en todo se encuentra Dios, y mucho más en lo sencillo, en lo humilde, en los sencillos, en los humildes...
      Sabes que te entiendo del todo, como una "enredadera"... son las cosas del alma, mucho más fuertes que ninguna otra. Y es maravilloso que suceda así, ¿ves? soy idiota... bendita idiotez... idiotez que compartimos, jjaja y cuánto me alegro porque es maravillosa...

      No te preocupes, Guadalupe vendrá, seguro que lo siente ...

      Te quiero mucho, antes, ahora y siempre...
      BESIÑOS...

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  2. Unas ilustraciones muy bonitas para un gran escritor aunque esa obra no la he leído, aunque la tengo en cartera´
    Un abrazo

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    1. Te gustará seguro, Cortázar siempre hace pensar...

      ¿Te consideras idiota? Si es así, ¡bienvenida! Si no ¡¡¡igual!!!

      Un beso fuerte, querida Tracy.

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  3. No pude con Rayuela y mira que la empecé con ilusión.
    Esta no la he leído pero no sé si me gustará.
    Quizás si que es idiota.

    Besos.

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    1. Ya, Rayuela se hace quizás pesada, hasta que te metes más en ella. Es que yo nunca dejo un libro sin terminar, siempre creo que algo descubriré...

      Creo que puede gustarte, aunque este fragmento es muy revelador.
      Jajaja, ¡Toro!, se fija en lo pequeño, en lo aparentemente trivial, pero que no lo es, por eso se emociona con todo, porque en todo encuentra belleza, me encanta...

      Besos, Toro. Fíjate mañana en cosas pequeñas, aparentemente banales, ya verás lo que encuentras...

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